BreVajes de Zaiper, para tomar en caliente

Almorzando con la señora televisión

a la teleaudiencia
y a Jorge Castagna


Mirtha Legrand realiza sus clásicos almuerzos televisivos, casi sin interrupciones, desde el año 1968. Durante los programas entrevista a sus invitados, y las señoras de su casa se informan y entretienen y envidian los zapatos y el mousse de salmón a la puppé.

Todos los años los finaliza afirmando que se retirará de la tele. Muchos piensan que es una estrategia publicitaria. Otros piensan que es una forma de prevenir al público: Mirtha es una señora muy mayor, aunque al mirarla sea inevitable pensar en Dorian Gray. Afirma que la televisión es su vida; esta frase devela la verdad.

En los ochentaitantos, cuando Mirtha era una señora mayor pero no tanto, recibió en su mesa a un tal Luciano Papadópulus. Era un personaje muy especial que se nombraba heredero directo de los secretos de los oráculos griegos y de la cábalah hebréa. Por ese entonces andaba profetizando cosas bastante graves que ocurrirían en el país y en el mundo. La producción lo invitó al programa.
Antes de presentarlo, la diva anunció que Papadópulus iba a contar dos profecías exclusivas que tenía preparadas para ella y su teleaudiencia. Durante el almuerzo el hombre se mostró bastante parco. Comió mucho, habló muy poco y gesticuló apenas tres veces.
Casi al final del programa, y bajo la presión de la mirada celeste de Mirtha, don Luciano Papadópulus hizo sus dos confesiones: La primera fue que él se moriría al día siguiente. Lo dijo agitando el tenedor con un pedazo de panqueque al rum, y con demasiada convicción y firmeza; y los técnicos, los productores y toda la gente que estaba en el piso estallaron en carcajadas. A quién le importaba si este loco se moría al día siguiente.
La señora los chistó para llamarlos al orden, pero no pudo evitar esbozar una sonrisa que nunca se supo si fue de complicidad, indignación o nerviosismo. Sin embargo la sonrisa se le quebró pocos segundos después cuando Papadópulus enunció su segunda verdad: "La señora morirá los almuerzos".
Luego de decirlo, se sacó la servilleta que tenía aplicada en el cuello, se paró y se fue.
El silencio en el estudio duró más de un minuto. Nada se movía. Del otro lado de los televisores la gente se preguntaba si la imagen se había congelado. Entonces alguien mandó la tanda publicitaria. No fue Mirtha.
La producción intentó de inmediato contactarse con Papadópulus. A la predicción le faltaba una preposición: no era lo mismo que la señora muriese por los almuerzos, con los almuerzos, de los almuerzos o en los almuerzos. El público necesitaba saberlo y los productores también. Las líneas telefónicas estaban saturadas. En la puerta del canal se habían instalado todos los medios. Incluso y especialmente, la competencia. La señora estaba preocupada.
El miedo vino después. A Papadópulus lo encontraron al día siguiente, completamente muerto, sentado frente al televisor. El parte médico indicó que fue producto de una alergia al pescado que le hinchó la traquea y lo asfixió.

Desde entonces, la señora se asegura de no faltar en las mesas de sus espectadores. El tiempo parece no transcurrir para ella. Su piel es la misma desde hace veinticinco años. Camina erguida, no balbucea ni le tiemblan las manos. Ella comprendió la profecía. Su único temor es que un día, del otro lado de la tele, todos cambien de canal al mismo tiempo.

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