Por eso cree que es al 1600 aunque bien sabe que no. Y por eso, cuando pasa por la cuadra del 1200 y ve que ninguna puerta está pintada de amarillo, decide que caminará dos o tres cuadras más. Está seguro de que aunque la puerta no sea amarilla, va a tocar el timbre, y una mujer que no conoce lo llamará Fabián y lo invitará a pasar, y se descubrirán en otra noche de besos y caricias y salivas y sexos.
Al salir, mientras desande el camino del pasillo, recordará que la libreta quedó en otro pantalón, y que probablemente ahora se esté despellejando entre las burbujas de jabón del lavarropas, con los datos reales y exactos de ésta dirección que no es al 1200, ni al 1600 y que tampoco, pero a esta altura ya nadie quiere saberlo, tampoco debe estar en la avenida Pueyrredón.







