Dialectivos

BreVajes de Zaiper, para tomar en caliente

Desmemorias

...y se hace la idea de que la casa está al 1600 de la avenida Pueyrredón aunque bien sabe que es al 1200. No puede confirmarlo, porque el dato está anotado en una libreta que no logra encontrar, y que debería estar en el bolsillo trasero del pantalón, en donde la guardó antes de salir. Ahí registró la dirección exacta, y el número de teléfono que tan bien le vendría para avisarle que llegará un poco más tarde. El día no se le hizo fácil (ningún día); se enrosca en demasiados asuntos y por eso le cuesta recordar cosas tan sencillas como un número de teléfono o el lugar en donde habrá dejado la libreta o la dirección de una casa a la que tantas veces fue.
Por eso cree que es al 1600 aunque bien sabe que no. Y por eso, cuando pasa por la cuadra del 1200 y ve que ninguna puerta está pintada de amarillo, decide que caminará dos o tres cuadras más. Está seguro de que aunque la puerta no sea amarilla, va a tocar el timbre, y una mujer que no conoce lo llamará Fabián y lo invitará a pasar, y se descubrirán en otra noche de besos y caricias y salivas y sexos.
Al salir, mientras desande el camino del pasillo, recordará que la libreta quedó en otro pantalón, y que probablemente ahora se esté despellejando entre las burbujas de jabón del lavarropas, con los datos reales y exactos de ésta dirección que no es al 1200, ni al 1600 y que tampoco, pero a esta altura ya nadie quiere saberlo, tampoco debe estar en la avenida Pueyrredón.

Clones

Ayer me crucé con un clon tuyo en la avenida Nueve de Julio.
Era tan igualito a vos que hasta me detuve a hablar con él.
De hecho era tan igualito a vos que hasta sabía cosas acerca de mí.
Y tan igualito era, que hasta sabía más cosas de vos, que vos mismo.

Los pobres robos

Pobre no es el sustantivo del que roba. El sustantivo del que roba es ladrón. O robador, como decía mi sobrinita a los cuatro años. Por cierto, los robos más grandes y las muertes más crueles son cometidas cotidianamente por ricos muy ricos (que son ricos gracias a estos robos y a estas muertes). Lo que sucede es que a las muertes al por mayor se las llama genocidios (si las cometió el enemigo); o tragedias (si las cometen los que escriben los diarios y los libros de historia).
El crimen mayor de todos los crímenes, es que haya pobres en un mundo rico. No hay pobres sin ricos (ni ricos sin pobres).
Y nosotros, los que no somos ni ricos ni pobres, cenamos en el jamón podrido de un sándwich enorme.

Génesis

En el principio Dios creó al universo y, desde ese momento, todo fue sucediéndose en una suerte de acciones y reacciones que a la ciencia no le costará explicar alguna vez. El tiempo y las consecuencias fabricaron estrellas y planetas, montañas y mares, rocas y desiertos y todo lo inerte que habita el cosmos.
Por alguna razón inalcanzable a la conciencia humana, lo inerte se transformó en vida y así comenzó el segundo día.
Ilustración by Rotraut Susanne Berner
Cada planta que hay sobre la tierra, cada pez en las profundidades, cada ave surcando los cielos, todo, fue producto de los errores del cosmos.
Ya próximos al sexto día, un mono se paró en dos patas y se preguntó por qué. Dios le acababa de entregar al hombre la conciencia. Esa misma tarde, el hombre creó a Dios a su imagen y semejanza, y lo puso en todos los lugares en donde no encontró respuestas.
El sexto día, Dios le cedió al hombre su propio deseo, motor de la creación; pero al ver qué irrefrenable se haría el hombre así armado, colgó de su corazón el germen de la culpa.
Y pasaron los segundos, los minutos y las horas. Y al séptimo día, al fin, descansó.

Almorzando con la señora televisión

a la teleaudiencia
y a Jorge Castagna


Mirtha Legrand realiza sus clásicos almuerzos televisivos, casi sin interrupciones, desde el año 1968. Durante los programas entrevista a sus invitados, y las señoras de su casa se informan y entretienen y envidian los zapatos y el mousse de salmón a la puppé.

Todos los años los finaliza afirmando que se retirará de la tele. Muchos piensan que es una estrategia publicitaria. Otros piensan que es una forma de prevenir al público: Mirtha es una señora muy mayor, aunque al mirarla sea inevitable pensar en Dorian Gray. Afirma que la televisión es su vida; esta frase devela la verdad.

En los ochentaitantos, cuando Mirtha era una señora mayor pero no tanto, recibió en su mesa a un tal Luciano Papadópulus. Era un personaje muy especial que se nombraba heredero directo de los secretos de los oráculos griegos y de la cábalah hebréa. Por ese entonces andaba profetizando cosas bastante graves que ocurrirían en el país y en el mundo. La producción lo invitó al programa.
Antes de presentarlo, la diva anunció que Papadópulus iba a contar dos profecías exclusivas que tenía preparadas para ella y su teleaudiencia. Durante el almuerzo el hombre se mostró bastante parco. Comió mucho, habló muy poco y gesticuló apenas tres veces.
Casi al final del programa, y bajo la presión de la mirada celeste de Mirtha, don Luciano Papadópulus hizo sus dos confesiones: La primera fue que él se moriría al día siguiente. Lo dijo agitando el tenedor con un pedazo de panqueque al rum, y con demasiada convicción y firmeza; y los técnicos, los productores y toda la gente que estaba en el piso estallaron en carcajadas. A quién le importaba si este loco se moría al día siguiente.
La señora los chistó para llamarlos al orden, pero no pudo evitar esbozar una sonrisa que nunca se supo si fue de complicidad, indignación o nerviosismo. Sin embargo la sonrisa se le quebró pocos segundos después cuando Papadópulus enunció su segunda verdad: "La señora morirá los almuerzos".
Luego de decirlo, se sacó la servilleta que tenía aplicada en el cuello, se paró y se fue.
El silencio en el estudio duró más de un minuto. Nada se movía. Del otro lado de los televisores la gente se preguntaba si la imagen se había congelado. Entonces alguien mandó la tanda publicitaria. No fue Mirtha.
La producción intentó de inmediato contactarse con Papadópulus. A la predicción le faltaba una preposición: no era lo mismo que la señora muriese por los almuerzos, con los almuerzos, de los almuerzos o en los almuerzos. El público necesitaba saberlo y los productores también. Las líneas telefónicas estaban saturadas. En la puerta del canal se habían instalado todos los medios. Incluso y especialmente, la competencia. La señora estaba preocupada.
El miedo vino después. A Papadópulus lo encontraron al día siguiente, completamente muerto, sentado frente al televisor. El parte médico indicó que fue producto de una alergia al pescado que le hinchó la traquea y lo asfixió.

Desde entonces, la señora se asegura de no faltar en las mesas de sus espectadores. El tiempo parece no transcurrir para ella. Su piel es la misma desde hace veinticinco años. Camina erguida, no balbucea ni le tiemblan las manos. Ella comprendió la profecía. Su único temor es que un día, del otro lado de la tele, todos cambien de canal al mismo tiempo.

Cucas

Veo cucarachas. Con el rabillo del ojo las veo. Pero cuando me doy vuelta ya no están. Las busco en el piso, debajo del escritorio, detrás de la tele. Se esconden. Las muy hijas de puta se esconden.
Aparecen cuando quieren y en cualquier lugar. Esperan a que esté solo y mirando para otro lado. Acaba de bajar una por el costado del monitor mientras estoy escribiendo esto. Ya no está. Ni detrás de la computadora ni en ningún lado.
Son muchas. Se que son muchas y que se comen todo lo que se me cae. Viven de mis caídas y de mis distracciones. Y se aprovechan de mis descuidos.
Lo primero que se comieron fue una bolita de vidrio cuando yo tenía seis años. Después se comieron la escopeta de un PlayMovil. Más de grande, las cucarachas me han desaparecido monedas, fotos y tarjetas de invitación. Se comieron números de teléfono; succionaron la tinta de oraciones enteras.
No hacen ruido cuando comen. Sólo se muestran un poquito para que yo sepa que están. Y me miran. Sé que me miran y que hablan de mí entre ellas.
Los otros días vi algo mucho más grande. Tal vez era una rata o un gato o un vecino. Quizá las cucarachas están creciendo.