Dialectivos

BreVajes de Zaiper, para tomar en caliente

Cucas

Veo cucarachas. Con el rabillo del ojo las veo. Pero cuando me doy vuelta ya no están. Las busco en el piso, debajo del escritorio, detrás de la tele. Se esconden. Las muy hijas de puta se esconden.
Aparecen cuando quieren y en cualquier lugar. Esperan a que esté solo y mirando para otro lado. Acaba de bajar una por el costado del monitor mientras estoy escribiendo esto. Ya no está. Ni detrás de la computadora ni en ningún lado.
Son muchas. Se que son muchas y que se comen todo lo que se me cae. Viven de mis caídas y de mis distracciones. Y se aprovechan de mis descuidos.
Lo primero que se comieron fue una bolita de vidrio cuando yo tenía seis años. Después se comieron la escopeta de un PlayMovil. Más de grande, las cucarachas me han desaparecido monedas, fotos y tarjetas de invitación. Se comieron números de teléfono; succionaron la tinta de oraciones enteras.
No hacen ruido cuando comen. Sólo se muestran un poquito para que yo sepa que están. Y me miran. Sé que me miran y que hablan de mí entre ellas.
Los otros días vi algo mucho más grande. Tal vez era una rata o un gato o un vecino. Quizá las cucarachas están creciendo.

Pedacitos

Estoy armando a la mujer de mi vida
con las mejores partes que conocí:

con el humor de B
el enorme corazón de A
el vértigo de G
la creatividad de X
el erotismo de E
la lujuria perversa de K
la ternura de J
los ojos de I o de M
las tetas de P
las piernas y la cola de Z

pero sé que me va a costar encontrarla
porque soy analfabeto

y supongo que en este momento
hay otra mujer construyendo a su hombre
alguien
que tal vez sea un tipo como yo

lo difícil
(aunque no imposible)
es que ocurra el simpático milagro de encontrarnos

pero consuela saber
que al menos una parte de nosotros
pertenece al deseo de otro


por eso
seguimos viviendo de a pedazos
despedazados
esperando en la esperanza absurda
de encontrarnos
en una especie de encrucijada
donde confluyan las partes
donde se armen y combinen los hombres y las mujeres completas
de nuestras vidas incompletas
de nuestros fragmentos inconexos

y mientras tanto
apenas nos queda disfrutar el mientras tanto

Los indios de Colón

En los tiempos de mi escuela primaria, el doce de octubre era una fiesta. Todo el mes de octubre era el mes de la raza y de Colón.

En la clase de plástica dibujábamos tres hermosas Carabelas que traían a los europeos al nuevo mundo. Los indios estaban en la costa, semidesnudos y con las manos llenas de regalos. A mi me salía decir calaveras, como la de las banderas de los piratas. Qué paradoja.

En actividades prácticas armábamos los disfraces que íbamos a usar en el acto del día de la raza.

Lo que me acuerdo de aquellos tiempos es que Colón había inventado América, y que la reina católica le había prestado el dinero para su tan gloriosa gesta, luego de un curioso incidente entre Colón y un huevo. Recuerdo también que una maestra nos hizo leer un texto que terminaba diciendo "Se llevaron todo pero nos dejaron las palabras". Y yo me preguntaba como carajo se comunicaban los indios antes de ser descubiertos. Indios que, por cierto, no eran indios, porque no vivían en la India. Una graciosa confusión producto de un error de cálculos de don Cristóbal. Los indios verdaderos, que desde entonces se llaman hindúes, agradecidos.

El que sí estaba en el carajo fue un tal Rodrigo de Triana con su grito más célebre: "Tierra a la vista". Una vez me toco actuar de Triana. Esa misma vez, un compañero de apellido Mamani, pidió hacer del cura que viajaba en la expedición. Él era monaguillo y tenía el traje y la actitud. La maestra le dijo que no y lo puso a hacer de indio. Mamani era peruano y de marcados rasgos Incas. Ese día aprendí algunas cosas importantes: La primera fue a partir de la excusa que dio la maestra para que Mamani no hiciese de cura: en la expedición de 1492 no viajaban sacerdotes. Para qué llevarlos si iban a la India.

Lo segundo que aprendí fue un significado. Algo, a lo que un tiempo después pude aproximarle la palabra discriminación, aunque también la calzaría bien la palabra absurdo, hipocresía o hijaputés.

De todas maneras a mi me gustaba más hacer de indio. Los indios hacían ruido y tenían más colores. Y además, los indios de acá no eran tan malos como los que vivían en las películas americanas de Estados Unidos. Esos sí que eran jodidos y atacaban las caravanas y mataban a los colonos inocentes. En cambio los indios de Buenos Aires (porque nadie aclaró que no entraron por el río de la plata), estos sí que eran buenos. Esperaban ansiosos a los europeos para llenarlos de oro y joyas y papagayos y chocolate.

A mí, la palabra raza siempre me resonó a otro descubrimiento europeo: la raza aria. El slogan de una cinematográfica guerra que ocurrió en un año parecido, que no era mil cuatro noventa y pico, sino mil nueve cuarenta y pico. Una guerra en la que triunfaron los americanos que ya no tenían plumas porque se habían acabado los papagayos y los indios.

Hoy escuchaba por la televisión a una conductora hablar de los festejos del día de la raza. Parece ser que a ella no le dejaron las palabras. Ella no sabe que las muertes no se festejan.


Narciso

Doctor:

Es cierto que el motivo de mi consulta está relacionado con una mosca. Pero el problema no es sólo el fatídico hecho de que esa mosca me mire; tampoco mi conflicto es que ella lo haga todo el tiempo y en cada uno de los lugares a donde me traslado. La cuestión de fondo, doctor, es que esta mosca, ésta que ahora mismo lo mira a usted con tanta atención, jamás, en todos estos años, me ha dedicado alabanza alguna.

A la carte (fragmento)

Leila está sentada en una de las sillas de plástico naranja que hay atornilladas al andén. Tiene la cabeza ligeramente caída hacia un hombro y las palmas de las manos se pliegan entre sus rodillas. Balancea las piernas para no quedarse dormida. Sus pies no tocan el piso; Leila no es una mujer muy alta.

Entre la juntura de las baldosas que hay delante de sus pies camina una hormiga. Parece haber perdido el rumbo porque está sola y no lleva carga. Las hormigas son insectos muy organizados y es raro que se extravíen del circuito del hormiguero. Por eso, es probable, que esta hormiga haya sido removida sin querer (o intencionalmente) de su grupo. Tal vez se enroscó en el carrito del cafetero, o se pegó al zapato del hombre de sobretodo gris.

De todas maneras, la hormiga sabrá encontrar el camino de regreso. En general lo hacen. Pero tardará mucho; el hormiguero está en la otra punta del andén. Tiempo hay, porque el tren no pasará sino hasta las 6:45 de la mañana y recién son las 6:05. Leila estuvo allí toda la noche porque el primer colectivo pasa a las 6:30 por su barrio y no iba a llegar a tiempo. Pero Leila no está en su pueblo. De hecho, no sabe exactamente en dónde está. Sabe que espera un tren y que este tren sale a horario y que va hacia algún lugar.

En menos de media hora la hormiga se reencuentra con su grupo. Ahora es una más entre las filas y ya no es posible diferenciarla del resto. Todas llevan su carga de pedacito de hoja. Las hormigas no comen hojas. Las llevan a su nido y les hacen un proceso muy extraño de fermentación. Lo que comen las hormigas es la pasta de hongos que nace de esta fermentación y Leila piensa que las hormigas y los humanos nos parecemos tanto.

Por ejemplo, la hormiga que se había extraviado, y supongamos que se llama Miguel, o Leila, ha llegado al lugar en donde se deposita la carga. Leila, la hormiga, mira como entre la pila de hojas se arrastra un gusanito. Leila sabe que no es una larva de la colonia. Jamás podría confundirlos y por eso lo mira. Lo observa arrastrase, muy despacito, por encima del montón. La hormiga Leila se pregunta por qué no almorzarse directamente la hojitas que es mucho más fácil. Así podría comer cuando quisiera, sin tener que andar llevando la carga del árbol al piso, del jardín al depósito, y esperar a que fermente y que a cada quién le llegue su ración y etcétera. Pero Leila sabe que esto es imposible: ni a ella, ni a las hormigas les gustan las hojas. A Leila la hormiga, no le gustan las hojitas porque así lo dicta su naturaleza. A Leila la humana, no le gustan las hojas de carta porque le recuerdan a Miguel.

Y el gusano recorre la montaña de hojitas y Leila piensa que debe haberse perdido de su grupo. Leila no puede imaginar que el gusano no pertenezca a una colonia de gusanos. Le resulta imposible comprender cómo puede existir un ser que no viva en sociedad. Que no necesite de prójimos para proveerse de alimento. Y al gusano, que podríamos llamar Leila, poco le importa algo de lo que Leila imagine. Al gusano sólo le importa comer lo que pueda. Arrastrarse y libar, lamer, succionar todo lo que pueda. Y así hasta encontrar un lugar en donde quedarse pegado con su apetito satisfecho, y crecer hasta mariposa. Porque en realidad sí es una larva. No es una larva de hormiga, y de hecho no sabe larva de qué cosa es. Pero quiere ser mariposa. Quiere tener los colores de las mariposas. Y volar. Recorrer todo el mundo. Aunque su mundo se reduzca a pocos miles de metros y a pocos cientos de milisegundos.

Lo que ella no sabe, porque vive sola, porque no tiene manada, es que no es una larva de mariposa. Ni de hormiga. Ni siquiera es una larva de polilla, así que tampoco podrá alimentarse con los vestidos más lujosos. Leila es una larva de mosca. Y va a vivir mucho tiempo como larva, y se alimentará de cadáveres y de mierda.

Leila siente una picazón aguda en la panza. Se ve un poco gorda y un poco flaca. No está comiendo bien últimamente. Leila el gusano, en cambio, sí está comiendo muy bien desde que descubrió el sabor de la carne. Entonces, lo que ella creía un hormiguero, no debe ser un hormiguero. Y lo que creía hojitas y flores es, en realidad, el sabor intenso de lo podrido.

En realidad Leila no está comiendo bien, ni hace nada bien últimamente. Y si se pusiera a pensar en un antes cercano, podría afirmarse que no está haciendo absolutamente nada últimamente. Ni mal, ni bien: nada.

Es una bolsa arrugada y sucia de tiempo muerto. Sucia de tiempo completo.

Nada. Ni ganas de rascarse la panza tiene.

Leila el gusano está en un lugar húmedo que no es un hormiguero.

Pero le pica mucho.

Y oscuro.

No está sola Leila.

La panza.

Debajo de la blusa.

Está con su rebaño de lamedores de carne podrida.

Le pican mucho los pliegues de la panza.

Las llagas de la panza.

Leila y sus amigos que viven de la carne podrida.

En la carne podrida.

De las llagas.

Gusanos.

En el ombligo.

Leila.

Hysteria

Decime que no se puede
que tu mamá no te deja
que dios y los santos
que las monjas
que el cura es pecado
que tu papá no se entere
decime que no
que mañana
que vamos demasiado rápido
dame tiempo
decime que no
que tu marido no quiere
que tu amante no quiere
que tu novia no quiere
que tu consolador no quiere
que tu mano no quiere
decime que no querés
que te duele la cabeza
que estás en uno de esos días
que mi pija es muy chica y se te pierde
que mi pene es enorme y te lastima
que te gustan los deportistas
los intelectuales
los hombres afeminados
las mujeres masculinizadas
los putos
las putas
los gatos
los burros

decime que no
pero dame un beso
tomemos un helado
decime que no
y caminemos el río
que sin amor no
que con tanto amor no
que te llevo quince años
que te conozco desde que eras
que me conocés demasiado
que no me conocés lo suficiente
que soy tu maestro y no se debe
que soy tu alumno y no se debe
que soy tu primo y no se puede
que soy tu marido y no se quiere
que soy muy viejo
que soy muy joven

decime que no
pero por favor no me mientas