BreVajes de Zaiper, para tomar en caliente

Todos los caminos llevan

… porque los zapatos vienen de a pares, como los huevos por docena o los billetes de a diez. Si esto no hubiese sido así, él no estaría dedicando tanto tiempo en buscar el zapato que le falta para vestirse y salir temprano a trabajar. Claro que antes de calzarse el otro, el que pudo manotear del costado de la cama, se debería despegar de la frazada y abrir por completo los DOS ojos, separar las lagañas, etcétera. Una vez levantado podrá ver que el zapato que le falta está lógicamente bajo su cama. Aunque también podría estar en el armario o detrás de la puerta de la habitación o en la cocina. Esto último no le parece razonable; es decir: debajo de la cama o el armario es posible, pero la cocina… Además, ahora lo sabe, porque con el rabillo del ojo está viendo asomar la punta acharolada del zapato que le falta, desde atrás de la puerta. Se coloca entonces el que había encontrado al pie de la cama, en el pie que corresponde (que en este caso es el derecho) y camina como en saltitos cortos con destino hacia la puerta. No los anuda: aún le falta vestirse el pantalón; pero eso lo hará luego de tomar el desayuno. Así que, en calzoncillos, y con los dos pies bien cubiertos aunque aún desanudados, cruza la galería que da a la cocina y se prepara una suculenta taza de café con leche y tres rodajas y media de pan tostado.
Sin embargo, mientras bate el posillo de café instantáneo, revive otra vez su mala suerte; esa especie de conspiración de los objetos, que lo hará fichar otra vez tarde. Porque ahora, justo al lado de la heladera y cómo burlándose de él, ve que efectivamente está el otro zapato. Esto habría sonado bien, si él tuviese tres pies o dos pares de zapatos negros; pero una persona como él jamás se compraría dos pares de zapatos del mismo color. Entonces hay que apagar la pava porque no sabe cuanto tiempo le demandará encontrar el que falta. Piensa en tirarlo a la basura, en guardarlo en el armario. Incluso piensa en dejarlo ahí, al lado de la heladera hasta decidir que hacer con él. Mientras tanto, prefiere sentarse en la banqueta y descalzarse los otros dos. Así descubre, para su mayor disgusto, que ambos son diferentes, pero que a la vez funcionan muy bien como un par.
Las incongruencias son sutiles, y sólo un ojo muy avezado podría percibirlas; sin embargo él sabe que no puede ir a trabajar con un par de zapatos que definitivamente son de distinto juego, porque ahora observa, que ostentan talles distintos. Esto le llama aún más la atención: cuando los tuvo puestos no percibió la diferencia; debería haber sentido uno más flojo, o el otro más ajustado. Y la sensación no podría haber pasado desapercibida, porque cuando los pone suela contra suela, ve que difieren en más de dos centímetros y que uno es ligeramente más fucsia. ¿Fucsia?, se pregunta, porque él jamás pudo haber comprado un par de zapatos de color (y mucho menos un zapato solo). Está claro entonces que el zapato fucsia es “el intruso”, y dejando de lado el hecho de cómo fue a parar el zapato ajeno hasta su cuarto y de cómo llegó el suyo, negro con hebilla, hasta la heladera, él los acepta porque tienen que formar un par; ya no hay tiempo: la nata se ha coagulado en una película espesa, las moscas revolotean la mermelada, el reloj de la cocina ha perdido la razón y el segundero, y sin embargo, el zapato que tiene en la mano, el que había descubierto al costado de su cama, no luce hebilla, tiene un taco demasiado alto, y propone una tonalidad delicadamente verde.

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