BreVajes de Zaiper, para tomar en caliente

Ronda de reconocimiento

Les encantaba mirarse en el espejo. No había nada que les gustara más. Trabajaban toda la vida para salir lindos en las fotos; para verse jóvenes, lisos, inmaculados.
Y les encantaba que los miraran. Que los viesen todo el tiempo. Que los aplaudieran excitados por sus éxitos; aunque fuera, en realidad, por el eco del reflejo de los otros.
Amaban las miradas y les disimulaban muecas de agradecimiento. Y les decían lo lindos que se veían, lo enormes que parecían, el amor que les profesaban, el respeto que les tenían. Decían reconocerse en los otros. Se nombraban iguales a sus maestros, a sus amantes, a sus mayores. Pero en el fondo sabían que su piel era única. Que su vida era única a pesar de todos. Tenían el poder de cerrar los ojos y hacer que la imagen desaparezca. Tenían la crueldad de cerrar la boca y hacer que las almas desaparezcan. Y todos hacíamos lo mismo.

Habría sido muy fácil. Pero no lograban despegar sus ojos de los ojos del reflejo. Movían la cara para un lado y para el otro, y sólo veían una cara que miraba.

Habría sido muy fácil: sólo tenían que girar la cabeza para ver que atrás de ellos, los demás se iban muriendo.

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