BreVajes de Zaiper, para tomar en caliente

Manchitas


La primera manchita le salió en el talón derecho. Era un punto pequeño, ligeramente rojizo, y bastante difícil de observar. Pensó en dejar de comer chocolates en verano y se despreocupó. La segunda manchita, fue un poco más grande, más roja y más irresponsable: le había aparecido en la parte de arriba del pie. La cosa aún se podía tapar con las medias y seguramente lograría combatirla con un anti-hongos.
Las siguientes seis manchitas le surgieron juntas, un poco más abajo del pliegue de la rodilla. Simulaban dibujar una sonrisa. No picaban, no dolían. El lunes siguiente, le aparecieron cinco en la otra pierna. Dos semanas después descubrió la simetría: las manchas de la pierna izquierda mostraban una distribución prácticamente igual a la derecha. A pesar de que era verano, no se animaba a salir con pantalones cortos ni sandalias; sus piernas ya eran un gran coctail de manchas. Las que le brotaron en la espalda fueron un poco más verdosas y ásperas al tacto. 
La trigésimo cuarta manchita le apareció en la mesa. Era una mancha sin forma, mucho más grande y ni siquiera había tenido la delicadeza de aparecer en el centro. Él no usaba manteles (le gustaba ver el color de la madera en el desayuno y en la cena), pero el viernes irían sus familiares a cenar, y ellos siempre le caían con una pastafrola para el postre, y él les tenía que servir algo para comer. Por eso debía taparla con un mantel, aunque el único fuera el de la tía Rosita, con esos volados espantosos. La madre le hablaría del polvo de los muebles y del mal sabor de la comida, pero de ninguna manera levantaría el mantel y mucho menos si era el de la tía Rosita. Así, con el viernes vertiginosamente encima, pero con las manchas bien disimuladas, se sintió más tranquilo y se fue a dormir.
Cuando el jueves volvió del trabajo y se desabrochó el cuello de la camisa (las manchas ya le habían invadido el torso pero parecían no querer expandirse más allá de la corbata) se encontró un horror aún mayor: en la pared de la cocina lo esperaba la más espantosa de las manchas. Y no sólo era por el color definitivamente verde y su aspecto gelatinoso, ni tenía que ver con que había aparecido en cualquier costado y sin ningún criterio estético. El mayor de los problemas, por supuesto, era que había aparecido el jueves.
Tenía la posibilidad de empapelar pero seguramente su madre le criticaría el color rojo del papel (si el papel utilizado hubiese sido rojo) o le cuestionaría la forma de los dibujos, o la ausencia de dibujos (si no los tuviera; y para qué poner un empapelado sin dibujos, agregaría después). Y además tendría que faltar a la oficina y dedicarle todo el día a la tarea. No había tiempo.
Se decidió al fin por rasquetearla. Dedicó toda la noche. Y parte de la mañana. Arrancarla de la pared con un cuchillo de cocina no era tarea fácil. Gran parte de la pared estaba en el piso y a cada golpe de cuchillo respondía con una risita macabra. ¿Quién?
El timbre sonó a eso de las dieciocho y quince (hora imposible de estar él allí si salía del trabajo a las dieciocho y por qué nos hiciste esperar, pero mamá si sabés que salgo a esa hora no puedo llegar antes, vine volando. Y yo no tengo la culpa de tus estornudos). Él estaba acurrucado al lado del polvo de escombros al lado de la pared al lado de la mancha. El timbre volvió a sonar a las dieciocho y dieciséis. Y volvió a sonar durante cada uno de los cinco minutos restantes. A las dieciocho y veintiuno él se levantó del polvo al lado de la pared al lado de la mancha al lado del cuchillo. Se levantó porque el sonido del timbre era ahora el del departamento. Alguien les había abierto la puerta de abajo. Se sacudió un poco el polvo de la cabeza y de los pantalones, caminó hacia la puerta, gritó “ya va”, descorrió la traba, movió la llave, giró el picaporte, abrió la puerta, saludo a su padre, saludó a su madre, se desabrochó uno a uno los siete botones de la camisa, levantó el cuchillo, señaló lo ojos, señaló la mesa y los invito a pasar.


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