BreVajes de Zaiper, para tomar en caliente

El protagonista

Un hombre camina solo, por la vereda de una calle solitaria. Al girar la esquina descubre en la mitad de la nueva cuadra, algo que parece ser una pequeña valija. Se acerca despacio; es de cuero negro. Mira a su alrededor y no ve a nadie. La levanta con su diestra y vuelve a observar la calle que persiste vacía. Camina hacia la siguiente esquina con la valija atrapada en sus brazos, incluso silba. Llega a la bocacalle, mira a ambos lados y cruza. Aviva el paso. Gira la cabeza hacia atrás para corroborar que nadie lo está siguiendo. Acelera aún más. Vuelve a mirar. Corre por la vereda angosta y luego por la calle y la esquina y la otra vereda y de frente dos faroles, una bocina, el chillido cristalizado del freno.

Un hombre camina solo, por la vereda de una calle solitaria. Gira en la esquina y descubre una pequeña valija. Se acerca y comprueba que es de cuero negro. Siente curiosidad por su contenido. La levanta; no es demasiado pesada. La sacude; hace ruido como de papeles y cheques y contratos espurios. La huele, le pasa la lengua: tiene gusto a cuero; a cuero negro. Intenta abrirla pero está cerrada con llave. Busca en sus bolsillos algo que le permita forzar la cerradura. Encuentra apenas una lapicera con sus iniciales grabadas en la tapa, un boleto capicúa y un caramelo de limón. Se decide por la lapicera. La inserta en el costado de la cerradura. La mueve hacia delante y hacia atrás. La cerradura no cede. Mueve más fuerte, varias veces, hasta que oye un crujido como de éxito. Pero no: la que se ha quebrado es la lapicera. Entonces recuerda que en su llavero tiene colgado el cortaplumas suizo que su abuelo le trajo de Europa. Intenta con la hoja más grande pero nada, y teme que también se rompa y que la rotura se lleve los recuerdos. Sacude nuevamente la valija, y un cascabel o un manojo de monedas o una llave, tintinea en su interior como riéndose del hombre que ahora descarga un golpe con el filo en punta, una, dos, tres veces, y le da de puñetazos, la tira contra el asfalto, con fuerza, y la escupe, la patea, vuelve a apuñalarla y a golpearla y a gritarles a la valija, a la calle, y al desconocido que olvidó una valija de cuero negro en una calle solitaria.

Un hombre camina solo por la vereda de una calle solitaria, y en su mano izquierda transporta una pequeña valija. A la mitad de la cuadra se da cuenta de que el cordón de su zapato derecho está desatado. Deja la valija a un costado, y se agacha para realizar un prolijo lazo. Se levanta conforme y sigue caminando. Al girar en la esquina descubre que la valija se le ha quedado olvidada.
Entonces escucha un bocinazo, una frenada y un grito áspero, y el ruido como de un cuerpo que explota contra el asfalto.

Un hombre camina por la vereda de una calle solitaria con una valija de cuero negro en su mano derecha. Mira a todos lados y verifica lo solitario de la calle. Deja la valija en la mitad de la cuadra, y se va arrastrando los pies y silbando bajito.

Una pequeña valija de cuero negro está sola y en la vereda de una calle solitaria. De pronto aparece un hombre. Ella acepta resignada su destino, que es el destino de cualquier valija abandonada en una calle sin nombre.

Un hombre camina por la vereda de una calle solitaria. Gira en la esquina y ve una valija en la mitad de la cuadra. Otro hombre llega desde la esquina opuesta. También la ve. Ambos, alzan sus cabezas y se miran fijo; expectantes. Ojean a derecha e izquierda como para confirmar que no hay nadie más. Entonces uno empieza a caminar muy lentamente hacia la valija. El otro camina también pero un poco más rápido. El primero acelera y el otro improvisa una carrerita. Después vienen los pasos largos, la flexión de las rodillas, el salto. Se estrellan en el aire y caen enredados en las mangas de sus trajes, las corbatas y los adoquines. Después son tirones de pelo, insultos fuertes, pisotones y un puño que choca contra una mandíbula que cruje, y una patada, camisas descocidas, veinticuatro dientes clavándose y desgarrando la carne de una mano que en vano intenta aferrarse a la manija.

Una valija camina sola, por la vereda de una calle solitaria. Al girar la esquina encuentra a un hombre pequeño, de traje negro.

Voy caminando solo, por la vereda de una calle solitaria. Desearía que al girar la esquina, no haya ninguna valija. Si esto ocurriese, no sabría que hacer. Lo bueno de ser el autor de la obra es que uno puede decidir cuándo ocurrirán los hechos, cómo reaccionarán los personajes, de dónde vienen, a dónde van. Qué destino tendrá cada una de las cosas que uno mismo va poniendo por ahí. Quién gana, quién pierde, y qué pierde el que pierde. Pero las cosas son muy distintas cuando uno es el actor, y especialmente cuando la obra es la vida y es real.

Vas caminando solo por la vereda de una calle solitaria. Al girar la esquina ves que en la mitad de la nueva cuadra hay una pequeña valija, de cuero negro.

7 comentarios:

Publicar un comentario