BreVajes de Zaiper, para tomar en caliente

Ombligo

…y es un ir caminando descalzo en calzoncillos por una calle ancha buscando una salida y verla ahí, al final, cerrándose, y por más que uno corre, los pasos se pegotean en el chicle glutinoso del asfalto y no se avanza. De pronto la calle se hunde en un nudo cónico y aunque uno no quiere hacerlo cae en un piletón circular de chapas tarugadas que contiene ese líquido cálido y espeso donde uno se halla tan confortable. Nace un cielo violáceo en la superficie desde donde se asoman a beber unas cuantas vacas pardas de las que sólo se ven sus cabezas de vaca. No es por verlas, más bien es por oírlas beber, por oír ese gluglugleo del líquido en sus gargantas, que se empieza a sentir sed; una profunda sed, apenas saciable tragando a sorbetones el líquido que nos rodea.

Entonces soy una de las vacas bebiendo en esto que desde aquí se entiende como un tanque australiano o un aljibe o un estanque; y en el medio hay algo que se mueve, algo que es un tipo como yo que agita sus brazos y chapotea como si se estuviera ahogando; y uno quiere tenderle una mano para salvarlo pero no puede, por las manos-pezuña, la boca-vaca; y el líquido gira en remolino, como si alguien hubiera sacado el tapón; y soy yo de nuevo el de la pileta pidiendo a gritos ayuda a las vacas que ya no están; entonces trato de nadar hacia una escalera de hierros que hay clavada en la piel, pero el líquido es espeso y rojo y salado, me hundo. Sumergido en un mar de sangre arremolinada, soy chupado hacia un conducto estrecho que es la descarga de la mochila de un inodoro ajeno, por donde trato de asomar mi cabeza, hasta que un enorme culo desconocido se sienta y obstruye la posibilidad de luz y de aire, me asfixio. Soy rescatado por el desagüe en una catarata de agua turbia y desperdicios que desemboca en un nuevo recipiente, más amplio, donde puedo respirar y pararme, porque el líquido apenas cubre mis pies descalzos; y aunque tema lastimarme con las basuras del fondo, que no distingo, camino por esto que ahora es un pasillo, hacia la leve claridad de una habitación iluminada a través de dos cóncavas ventanas de gelatina por las que me asomo y veo una superficie con pelos que trato de alcanzar, traspasando la gelatina con mi mano, y siento como si alguien pinchara mi ojo izquierdo, desde adentro; entonces, busco otra salida, una que no duela y desciendo por escaleras apagadas, hacia un túnel flemoso y húmedo que cosquillea mi glotis y me hace estornudar y salir expulsado embadurnado en moco y caer en la superficie de pelos que es mi pecho, por donde corro hasta llegar al nudo cónico de mi ombligo que involuntario me engulle otra vez…

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