BreVajes de Zaiper, para tomar en caliente

Cosas de mujeres

La chica acaba de discutir conmigo y se ha trasladado a tomar un café, sola, en otra de las salas del local.

Estábamos en un bar hablando tranquilos y no sé que dije, para que ella se levante intempestivamente y sin dar ninguna explicación se vaya.
Ella ya estaba en el bar cuando yo llegué. Fue apenas unos minutos después. Tal vez más. No sé cuándo llegó ella. No se lo pregunté. Tal vez fue eso lo que le molestó. Y por eso se levantó sin siquiera resoplar o golpear con las palmas abiertas la mesa. Caminó como una gacela hacia la otra sala. Es extraño que sea una puerta tan pequeña la que divida las dos salas. Una puerta como de habitación. Es que probablemente este bar haya sido un viejo caserón de principios del siglo veinte, y los nuevos propietarios prefirieron no deformar su arquitectura. Pero no es posible que ella se haya enojado por mi llegada tarde. No habíamos prefijado un horario. Yo llegué a la hora correcta. Ella llegó a la hora correcta. Nos encontramos a la hora correcta. Tal vez no. Tal vez el problema fue que no hayamos coincidido en nuestras horas correctas. Tal vez lo correcto no sea lo deseado. O quizá ella se fue por otro motivo. Por algo que dije. Pero yo sólo le dije hola, cómo estás. Halagué su vestido. Le pregunté cosas banales. Las cosas que uno pregunta en estos casos como para generar un tema de conversación, qué sé yo, el clima, el trabajo, el estudio. Tal vez fue eso lo que le molestó: ella no parece ser una chica banal (o no estudia ni trabaja ni le interesa en lo absoluto el clima, o le molesta la lluvia y no trajo paraguas, pero de todas maneras no está lloviendo ahora) y por eso no hizo ruido al levantarse y caminó como una serpiente hacia la puerta hacia el otro salón. Y por eso entró. Y por eso se sentó y pidió un café. Fue porque no tenía motivos para quedarse. Y esto es lo más jodido: no tener motivos. En cambio si yo me hubiese dejado ser yo... Si me hubiese quedado en silencio, tal vez. Si hubiese generado el vacío suficiente como para que ella comenzase a hablar. Porque también es cierto eso: ella no dijo nada. Nunca. Ni siquiera recuerdo si respondió mi hola. Cómo hace uno para saber si la conversación está yendo por buen rumbo si no hay un interlocutor. Ella no habló pero tampoco hizo nada como para intervenir. Nada para mostrar su incomodidad. Ni siquiera dijo nada cuando se levantó y caminó como una mujer hacia la puerta hacia el otro salón hacia su mesa. Y se sentó tan líquida. Tan segura de si misma. Y ni siquiera abrió la boca para pedir su café. Ni lo hizo cuando de alguna manera le indicó a ese otro hombre que se acercase a su mesa. Que se siente junto a ella. Tan cerca.

Pero él es un tonto. Él no sabe que a ella le molestan estas cosas. Él tendría que haber actuado de otra manera: tendría que haber dicho algo. Porque así en silencio, ella mira su reloj (primera señal), y luego bosteza (segunda señal) y ese es el momento de decir algo, cualquier cosa, el clima, el trabajo porque sino ella va mirar por segunda vez su reloj, va a dejar la tacita sobre la mesa como lo está haciendo ahora, y sin siquiera hacer el gesto de pedir la cuenta, se va a levantar sigilosamente y caminará como una cucaracha hacia la puerta.
Es muy extraño que esa puerta sea como la de una habitación, se pregunta él. Y es macabro que esta casa haya tenido tantas habitaciones.

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