BreVajes de Zaiper, para tomar en caliente

A la carte (fragmento)

Leila está sentada en una de las sillas de plástico naranja que hay atornilladas al andén. Tiene la cabeza ligeramente caída hacia un hombro y las palmas de las manos se pliegan entre sus rodillas. Balancea las piernas para no quedarse dormida. Sus pies no tocan el piso; Leila no es una mujer muy alta.

Entre la juntura de las baldosas que hay delante de sus pies camina una hormiga. Parece haber perdido el rumbo porque está sola y no lleva carga. Las hormigas son insectos muy organizados y es raro que se extravíen del circuito del hormiguero. Por eso, es probable, que esta hormiga haya sido removida sin querer (o intencionalmente) de su grupo. Tal vez se enroscó en el carrito del cafetero, o se pegó al zapato del hombre de sobretodo gris.

De todas maneras, la hormiga sabrá encontrar el camino de regreso. En general lo hacen. Pero tardará mucho; el hormiguero está en la otra punta del andén. Tiempo hay, porque el tren no pasará sino hasta las 6:45 de la mañana y recién son las 6:05. Leila estuvo allí toda la noche porque el primer colectivo pasa a las 6:30 por su barrio y no iba a llegar a tiempo. Pero Leila no está en su pueblo. De hecho, no sabe exactamente en dónde está. Sabe que espera un tren y que este tren sale a horario y que va hacia algún lugar.

En menos de media hora la hormiga se reencuentra con su grupo. Ahora es una más entre las filas y ya no es posible diferenciarla del resto. Todas llevan su carga de pedacito de hoja. Las hormigas no comen hojas. Las llevan a su nido y les hacen un proceso muy extraño de fermentación. Lo que comen las hormigas es la pasta de hongos que nace de esta fermentación y Leila piensa que las hormigas y los humanos nos parecemos tanto.

Por ejemplo, la hormiga que se había extraviado, y supongamos que se llama Miguel, o Leila, ha llegado al lugar en donde se deposita la carga. Leila, la hormiga, mira como entre la pila de hojas se arrastra un gusanito. Leila sabe que no es una larva de la colonia. Jamás podría confundirlos y por eso lo mira. Lo observa arrastrase, muy despacito, por encima del montón. La hormiga Leila se pregunta por qué no almorzarse directamente la hojitas que es mucho más fácil. Así podría comer cuando quisiera, sin tener que andar llevando la carga del árbol al piso, del jardín al depósito, y esperar a que fermente y que a cada quién le llegue su ración y etcétera. Pero Leila sabe que esto es imposible: ni a ella, ni a las hormigas les gustan las hojas. A Leila la hormiga, no le gustan las hojitas porque así lo dicta su naturaleza. A Leila la humana, no le gustan las hojas de carta porque le recuerdan a Miguel.

Y el gusano recorre la montaña de hojitas y Leila piensa que debe haberse perdido de su grupo. Leila no puede imaginar que el gusano no pertenezca a una colonia de gusanos. Le resulta imposible comprender cómo puede existir un ser que no viva en sociedad. Que no necesite de prójimos para proveerse de alimento. Y al gusano, que podríamos llamar Leila, poco le importa algo de lo que Leila imagine. Al gusano sólo le importa comer lo que pueda. Arrastrarse y libar, lamer, succionar todo lo que pueda. Y así hasta encontrar un lugar en donde quedarse pegado con su apetito satisfecho, y crecer hasta mariposa. Porque en realidad sí es una larva. No es una larva de hormiga, y de hecho no sabe larva de qué cosa es. Pero quiere ser mariposa. Quiere tener los colores de las mariposas. Y volar. Recorrer todo el mundo. Aunque su mundo se reduzca a pocos miles de metros y a pocos cientos de milisegundos.

Lo que ella no sabe, porque vive sola, porque no tiene manada, es que no es una larva de mariposa. Ni de hormiga. Ni siquiera es una larva de polilla, así que tampoco podrá alimentarse con los vestidos más lujosos. Leila es una larva de mosca. Y va a vivir mucho tiempo como larva, y se alimentará de cadáveres y de mierda.

Leila siente una picazón aguda en la panza. Se ve un poco gorda y un poco flaca. No está comiendo bien últimamente. Leila el gusano, en cambio, sí está comiendo muy bien desde que descubrió el sabor de la carne. Entonces, lo que ella creía un hormiguero, no debe ser un hormiguero. Y lo que creía hojitas y flores es, en realidad, el sabor intenso de lo podrido.

En realidad Leila no está comiendo bien, ni hace nada bien últimamente. Y si se pusiera a pensar en un antes cercano, podría afirmarse que no está haciendo absolutamente nada últimamente. Ni mal, ni bien: nada.

Es una bolsa arrugada y sucia de tiempo muerto. Sucia de tiempo completo.

Nada. Ni ganas de rascarse la panza tiene.

Leila el gusano está en un lugar húmedo que no es un hormiguero.

Pero le pica mucho.

Y oscuro.

No está sola Leila.

La panza.

Debajo de la blusa.

Está con su rebaño de lamedores de carne podrida.

Le pican mucho los pliegues de la panza.

Las llagas de la panza.

Leila y sus amigos que viven de la carne podrida.

En la carne podrida.

De las llagas.

Gusanos.

En el ombligo.

Leila.

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