BreVajes de Zaiper, para tomar en caliente

Violeta

Estimada señorita que tomaba el colectivo 151 en la parada de Medrano allá por los años ochentaitantos:

Usted no me conoce. Nunca logré presentarme. Pero si alguna vez nos volviésemos a ver, estoy seguro de que mi cara le resultará familiar: Fuimos vecinos. Viajábamos en el mismo colectivo a la misma hora. Alguna vez incluso te ofrecí el asiento, y vos me dijiste gracias con la cabeza y te sentaste. Llevabas ese día una pollerita corta. Lo recuerdo bien. En realidad recuerdo bien tus piernas. Y recuerdo también cómo esquivé tus ojos cuando te diste cuenta de que te miraba. Pero ahora me doy cuenta de que la estoy tuteando. No se por qué lo hago. No la conozco, aunque me hubiese gustado mucho conocerte. Conocerla. Perdón.

Lo que trato de confesarle no tiene que ver con las fantasías que se tejieron en mi cabeza adolescente de aquellos tiempos. Usted fue las primeras piernas que vi de tan cerca. El primer escote en el que pude sumergirme cuando empezaste a desarrollarte. Eras muy sensual. En tu carpeta tenías un sticker que decía: “la ladilla es un piojo sexi” o algo así. No era un stiker, ahora me acuerdo, era un texto escrito con corrector blanco sobre la tapa trasera de tu carpeta. Fue lo primero que leí de vos. Lo único. Tendrías unos catorce o quince años. En realidad no lo se a ciencia cierta, pero siempre imaginé que serías un año menor que yo.
Releo lo poco que escribí y noto que he vuelto a tutearte… tutearla. No sé como hablarle. No lo sé, porque nunca le hablé. Nunca me atreví. No sabía por dónde empezar.

En nuestro segundo año de cruces de colectivo (es decir: cuando tus quince o dieciséis), tu estilo empezó a cambiar. Primero fue la pollerita. Después fueron los ojos delineados en negro. En algún momento apareció un aro de una espada atravesada en tu oreja. Luego, el diamante en tu nariz. Los piercings y los tatuajes no eran tan comunes en aquellos tiempos, aunque imagino que vos, usted, los habrías probado incluso en el ombligo o la ceja. Yo nunca me atreví a agujerarme ni el lóbulo de la oreja. Apenas me animé algunos trucos en mi pelo. Vos también. Un día te me apareciste con un mechón en color púrpura, y tenías los labios y los ojos delineados en un violeta muy oscuro. No estabas yendo al colegio. Fue en otro colectivo. Era sábado. Yo viajaba solo. Me esperaban unos amigos (como todos los sábados) para jugar al T.E.G. La pasábamos bomba (leelo en tono de ironía). Vos no estabas sola. A tu lado (pero me di cuenta un rato después, porque mi mirada te estaba besando los labios), a tu lado había alguien abrazándote. Era muy alto y mucho mayor que vos. Seguro. A vos te gustaban los tipos así; no eras una nena inocente. Él tenía puesto un pantalón de cuero negro, cadenas, tachas… combinaba bien con vos. Yo no.
Un tiempo después intenté copiarte el estilo. Pero ya habíamos terminado la secundaria y vos te habías mudado. No volví a verte más.

Esto que acabo de escribir es una gran mentira, como también es una mentira eso de que nunca le hablé. Ocurrió unos cuantos años más tarde. Yo te había pedido un café. Vos trabajabas como camarera y yo necesitaba despabilarme de la resaca. No me había dado cuenta de que era usted. Igualmente, eso no hubiese cambiado nada. Y ahora que lo veo escrito, me doy cuenta de lo paradójico de esto: yo te pedí un café. Durante muchos años hubiese querido preparar un café a la mañana para vos. Tampoco me vas a creer que yo estaba con uno de los viejos amigos de la secundaria; uno de esos con quienes nos reuníamos los sábados a jugar al T.E.G. Yo ya te había olvidado. La cara de la camarera (o sea su cara, tu cara) me resultó conocida. Después de un rato me acordé. Estuve a punto de decírtelo; no lo hice. Una vez más me ganó la timidez. La estupidez dirás, dirá, diré. Tendríamos unos veinticortos años. Mi amigo acababa de regresar de su primer viaje al exterior. Había ido por trabajo. Estábamos festejando el re-encuentro. Habíamos bebido bastante y yo necesitaba tomar un café para despertarme. Ahora él se radicó en los Estados Unidos. Formo su familia. Tiene una hija hermosa que jamás conocí. Lo extraño mucho. Él fue mi gran compinche de la adolescencia.

Pero qué le puede importar esto a usted. En realidad: qué te puede importar a vos algo de lo que digo en esta carta. No daré más vueltas entonces; lo diré: usted fue mi primer amor. La primera mujer de carne y hueso de quien me enamoré. Intenté encontrar tu cara, tus piernas, tu pelo púrpura, tus labios pintados de violeta, en cada una de las mujeres que me crucé el resto de mi vida.

El otro día volví a verte por el barrio. Empujabas un cochecito con un bebé hermoso que no pude ver. Ibas a visitar a tu viejo o a tu vieja o a una abuela, o a una amiga de la secundaria. Quizás estabas regresando a reencontrarme. No pude decirte nada. No supe por donde empezar. Pero ya no me preocupa tanto, porque a partir de ahora llevaré esta carta en mi bolsillo. Y cuando un desconocido se le acerque y se la entregue en un sobre violeta, por favor, acéptele el presente y mírelo a los ojos. Seguramente su cara le resultará familiar. Seguramente, al completar los espacios vacíos, descubrirás al hombre de quién fuiste su primer amor. Un hombre que sigo viajando solo, hasta encontrarte.




SZ

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