BreVajes de Zaiper, para tomar en caliente

Dialectivo

Imaginate que viajas muy tranquilo en un colectivo. Estás leyendo concentrado, o pensás en algo que tenés que resolver y de repente el tipo que está en el asiento justo atrás del tuyo empieza a murmurar. Te das vuelta para pedirle que baje un poco el volumen. Por un momento parece callarse y por eso vos seguís con lo que estabas haciendo.
Pero a los pocos segundos el tipo retoma sus murmuraciones. Debe estar hablándote a vos porque no ha dejado de enfocarse en tu nuca. Y, como no entendés sus palabras, girás para decírselo. Y para decirle también que no lo conocés; que se debe haber equivocado de persona. Pero él no parece alterarse con tu interrupción. De hecho no lo has interrumpido, porque sigue hablando como si nada. Podría entonces estar dialogando con su vecino de asiento. Sin embargo, hay varias cosas que te indican que esto no es así. Por ejemplo: el otro, nunca intervino en la conversación. Además, ese hombre, el que aún no dijo nada, se acaba de poner de pie. Vos lo seguís con la mirada hasta la puerta del medio. Ves cómo se abre paso en silencio y  toca el botón rojo del timbre y espera a que el colectivo frene y abra la puerta y arrastra sus zapatos negros  peldaño a peldaño hasta la calle.
Ahora tus oídos se alertan por unos golpes extraños. Te das vuelta y descubrís a una señora muy mayor que  se abre paso a bastonazos para ganar el asiento que acaba de quedar vacío. Crees que el hombre que murmuraba detendrá su monólogo, al menos por respeto a las canas. Pero no lo hace. Y aún no te es posible interpretar lo que dice. Tampoco parece estar conversando con alguno de los que hay parados, o con los que están en otro asiento porque desde que empezó a hablar nadie lo ha interrumpido. Pero lo que más te sorprende no es eso, sino que ninguno se de cuenta. Es más: todos siguen haciendo lo que venían haciendo como si todo estuviese en su lugar; como si fuera completamente natural que un extranjero se ponga a hablar solo y a los gritos en un transporte público. El que leía el diario sigue leyendo el diario. El que miraba por la ventanilla sigue mirando. El que no estaba haciendo nada, sigue sin hacer nada. Así por un buen rato (el viaje es largo). El chofer conduce y vos seguís escuchando el desborde interminable de éste tipo, que cada vez lo hace en un volumen más alto, y ahora te das cuenta de que no se detiene nunca, como si no necesitara respirar.
De pronto la anciana dice su primera palabra. No entendés lo que dice y sabés que no se lo dice a él. Es decir, podría estar dialogando con él si no fuera porque: uno, no le habla a la cara, y dos, él no paró de hablar en ningún momento. Es esta una forma de expresión que en nada se parece a un diálogo, aunque vos no conocés las costumbres raras de esta gente. Él habla, ella habla y lo hacen cada vez más alto. Porque hace un rato vos lo creías, pero ahora te das cuenta de que realmente lo están haciendo como si compitiesen por ganar el espacio sonoro del resto del colectivo.
No podés evitar darte vuelta; querés que se callen. Pero el hombre que está sentado a tu lado y que hasta éste momento lo único que hacía era mirar por la ventanilla, ahora te mira a vos como sancionándote. Entonces no te queda más que volver la vista al frente, avergonzado.
Sentís una profunda indignación: a este señor, el griterío de un par de extranjeros locos no parece alterarlo; pero el hecho de que vos te hayas dado vuelta un segundo para pedirles un poco de silencio…
Pasaron varios minutos y aunque vos no volviste a mirarlo, sabés que los ojos de tu vecino siguen ahí, estampados en tu oreja. Entonces te dice algo. Te lo dice en un idioma que no conocés y que ni siquiera sabés si es el mismo que usan los dos de atrás (como si tuviese otro acento). Te lo dice a vos aunque no le importa si lo mirás cuando te habla; porque su expresión se mantiene incluso cuando tu cabeza gira hacia él para explicarle que no entendés nada. Sus pupilas están como desenchufadas. Su voz es llana, vacía.

El gordo del primer asiento acaba de darse vuelta. Por un momento crees que pedirá silencio, pero no: sigue masticando su sándwich, no traga y expulsa un grito desprolijo con un pedazo de jamón que se estampa en la solapa de un traje azul. Luego se le suma una chica muy bonita pero que habla con una voz demasiado áspera para provenir de un cuerpo tan frágil. Y después, el hombre del traje azul, y el que leía el diario, y la madre del niño de pantalones cortos, y el hijo también, y todos al mismo tiempo, con sus voces chillonas y monocordes, y enfocadas en un punto que sos, pero que a la vez, no sos vos, y la única forma de escaparte es bajando, urgente, aunque no sepas en dónde estás. Bajar y correr, lejos.
Sin pedir permiso, intentás llegar hasta la puerta. No decís nada porque sabés que no van a entenderte (y un poco también, porque temés que tus propias palabras te lleguen incomprensibles a los oídos).
Al fin, conseguís que el chofer abra las puertas y, con el colectivo aún en movimiento, te lanzás hacia el asfalto.

Ahora estás viendo desde la calle como el colectivo se aleja. Ya sólo es un punto luminoso transportando decenas de extraños que siguen y aumentan el parloteo. Todos se han ido sumado, incluso el chofer y el vendedor ambulante que acaba de subir ofreciendo adminículos indispensables para la dama o el caballero.

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