BreVajes de Zaiper, para tomar en caliente

Ruleta

Un día, Eric Von Rinkerlanger supo que podía perderlo todo. Después de tantos años de ser un tipo con suerte. Después de haber sido el mejor de su clase. De haber ganado todos los juegos en los que participaba. Y de haber sido tan exitoso con las chicas y de haber obtenido su título de ingeniero en tiempo record. Después de haber conseguido tan rápidamente ese puesto en una empresa constructora. Empresa, que al poco tiempo de contratarlo quintuplicó su capital. Y él, Eric Von Rinkerlanger obtuvo una clarísima mejora en sus ingresos que derivaron en su primer auto y su primer departamento de soltero.
Así, antes de cumplir los treinta, Eric Von Rinkerlanger, tenía todo lo que un muchacho de su edad podría desear. Sólo le faltaba conocer a una mujer de quien enamorarse. Y la conoció. Era una mujer muy hermosa, dulce e inteligente. Se casaron. Y como él seguía creciendo en la empresa, pudo vender el departamento y comprar una casa más grande para cuando vinieran los hijos. Luego cambiaron el auto y se compraron una casa de veraneo cerca del mar.
Fue ahí, en la casa de la playa, donde Eric Von Rinkerlanger sintió por primera vez que no estaba completo. Era una sensación muy profunda. Al principio pensó que se trataba de una falta material, así que se propuso hacer un inventario de las cosas que tenía y de las que deseaba tener. Y sacó tres conclusiones: a) que tenía casi todo lo deseaba; b) que lo que le podría estar faltando no le sería difícil de conseguir; y c) que a pesar de eso, su angustia de estar incompleto persistía. Pensó que podría ser algo afectivo, pero en ese campo también lo había logrado todo. Y no había problemas de salud ni nada raro. Entonces, luego de consultar con varios especialistas sin encontrar más que felicitaciones por sus éxitos, comprendió: él, Eric Von Rinkerlanger, el hijo pródigo, el marido ejemplar, el empresario exitoso, jamás, en sus casi cuarenta años, había tenido un fracaso. Eric Von Rinkerlanger, no conocía el sabor de la derrota. No sabía que cosa era perder. Y por eso no estaba completo, y no lo estaría hasta no perder algo al menos una vez. Había comprendido también que, como para equilibrar esa vida tan plagada de éxitos, tenía que lograr un fracaso fenomenal. No era cuestión de subir a un colectivo y dejar que le roben la billetera. Necesitaba sentir que podría perderlo todo. Y eso hizo.
El 14 de marzo de ese mismo año, consiguió la dirección de un casino clandestino en donde se podía apostar sin límites. Puso en juego la mitad de su cuenta bancaria, el auto y la casa de la ciudad. Apostó todo al número veintiséis.
Fue en ese instante, mientras giraba la pelotita en la ruleta, cuando Eric descubrió otra terrible verdad: fuera cual fuere el resultado, se volvería a demostrar que él era un tipo exitoso. Porque incluso si la pelotita se detenía en cualquier otro de los treinta y cinco números restantes, lograría su objetivo de perder. Pero entonces sonrió, porque por primera vez había logrado confundir al destino; porque ese éxito sería a la vez el fracaso de la búsqueda del fracaso, y no le dio demasiadas vueltas más al asunto, porque la ruleta había dejado de girar.

Nadie sabe si la pelotita se detuvo en el número veintiséis. Lo único que se supo es que Eric, esa misma semana, se mudo a la casa de la playa, en donde vive con su esposa, sus hijos, un perrito y dos gatos. Si lo pasan a visitar, aún se lo puede ver cosechando su huerta. Dicen que le da las verduras más grandes de la zona.

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