BreVajes de Zaiper, para tomar en caliente

Postales

a Ivis

En el fondo del cajón de la mesita quedaron los folletos arrugados de los viajes, los boletos amarillos, los mapas; cuatro piedritas de colores del río Rivadavia, un certificado falso de buceo, una lapicera sin tinta, el señalador de un libro de un tal Julio, los puntos de colores de una foto, siete pétalos de rosa, un poco de aserrín, el humo de un sahumerio de Chandan, una certeza, veinticinco hojas de eucaliptus hembra, dos copitas de licor de caña, una oruga tejiendo mariposas, un espejo, tus ojos verdes, todas las tardes de domingo en Plaza Francia, los ombúes dibujados por Tim Burton, los panes rellenos, dos avenidas de hormigas, un pájaro puerta, un río peligroso pero seco, tres metros de rocas verticales, mi miedo a las alturas, mi miedo al miedo, y tu mano abierta, el rumor fresco del Salto del Tabaquillo en San Luís, medio kilo de helado en pleno invierno, dieciocho sábados caminando los clasificados, los asados en Quilmes, un día del niño, dos mil doscientas discusiones sin sentido, la sal enjuagada de una lágrima, una gata regresando del exilio, la estatua de Lola Mora, las llaves de tu casa, las mías, una lata de enduído y dos rodillos, los fantasmas cotidianos de una imagen, una gota de lluvia en tu nariz, un aro en el ombligo, muchos amaneceres de café y tostadas, algunos besos, y unas cuantas pelusas, claro, y sueños.

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