En esta blog se publican obras del artista argentino Sebastián Zaiper Barrasa. Cuentos, microrrelatos, poemas, reflexiones, videos, shows de poesía, narración oral y clown.

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El último divertimento

“El miedo a nacer se adquiere muy tarde, 
porque se nace tan al principio 
que nos falta experiencia para entender qué es esto de nacer. 
Luego vivimos con miedo a la muerte. 
Pero nuestro miedo sería mucho mayor 
si descubriéramos que no podemos morir nunca." 

Macedonio Fernández

Es absurdo que escriba esta historia. Ya sé que nadie la leerá. De todas maneras intentaré contarlo desde el principio, aunque debo ser breve porque no queda demasiado tiempo (es completamente absurdo que escriba esta historia). 
Es difícil saber cuándo o cómo empezó. Casi no nos dimos cuenta, pero gradualmente dejaron de ocurrir los nacimientos. Tal vez fue el excesivo control de la natalidad, quizá la esterilidad producida por las radiaciones electromagnéticas. Lo cierto es que las mujeres dejaron de quedar embarazadas y nadie más nació. 
Como los niños fueron creciendo, de a poco fue desapareciendo la niñez en todo el planeta. Cerraron las escuelas. Cerraron las salas maternales y las nurserys. Cerraron los parques de diversiones. Hasta las plazas dejaron de existir. 
Mucho no nos preocupó ya que, por los avances de la ciencia, nuestras vidas se habían prolongado muchísimo. Las ciudades seguían superpobladas pero, como no había nuevos humanos por nacer, ya no llegaríamos a desbordar. Había suficiente para todos. Un mundo feliz. Éramos los que éramos (muchísimos aún) pero no iba a entrar nadie más. 
Gradualmente nos fuimos acostumbrando a la vida sin llantos, sin olor a leche cortada, ni pañales. Nos fuimos acostumbrando a la vida sin autitos de plástico, sin muñecos, sin juegos de encastre, ni construcciones improvisadas con piedras, flores o palitos. 
Eran tan largas nuestras vidas que de a poco nos fuimos olvidando de nuestros propios nacimientos. Y como ya no quedaban niños nos fuimos olvidando de todo lo relacionado con la niñez. Nos fuimos olvidando de las canciones de cuna y de las fiestas de cumpleaños. Nos fuimos olvidando de las fiestas en general, ya que, sin niños, no tenía sentido disfrazarse de Papá Nöel o hacer una torta o envolver los obsequios en papeles de colores. Y entonces fuimos dejando de hacer regalos, ya que, sin papeles de colores, los regalos no eran más que cosas estériles que pasaban de una mano a otra sin sentido.
Como no había niños tampoco había renovación de vocaciones. Esta etapa nos costó comprenderla. La gente grande no tiene ganas de aprender cosas nuevas. Mucho menos una profesión. Teníamos todo el tiempo del mundo para hacer lo que quisiéramos, pero éramos demasiado grandes para tener ganas de aprender. 
Éramos demasiado grandes para crecer.
Gradualmente fuimos aburriéndonos de nuestras vidas. Se había hecho tan insulsa la vida, que la idea más original que se nos podía ocurrir, era la muerte. Esta fue la etapa en la que los enterradores tuvieron más trabajo que nunca.
Pero como no había quienes quisieran aprender una profesión (ya no éramos niños), y mucho menos una profesión tan oscura y sacrificada como la del enterrador, y como los enterradores también se fueron muriendo, nos quedamos con muchas palas sin uso y muchos muertos sin enterrar.
Esta etapa fue una de las más terribles. Los muertos se acumulaban en los costados de los caminos. Nadie sabía cómo enterrarlos ni nadie tenía ganas de aprender ese espantoso oficio. La cantidad de cadáveres era tal, que las pestes empezaron a propagarse sin discriminar. Y, si bien nuestra ciencia nos había estado protegiendo durante todos esos años, ya no teníamos tantos médicos ni farmacéuticos como para curarnos. Teníamos vidas muy largas, pero éramos mortales. Los médicos, los farmacéuticos, los científicos, los enterradores… todos, tarde o temprano nos íbamos a morir. 
Esa fue la etapa en la que las ciudades empezaron a vaciarse. De vivos, porque los muertos estaban en todo lugar. El olor llegó a ser tan hediondo y el peligro llegó a ser tan amenazante que algunos decidimos jugarnos y actuar. 
El último de los enterradores había muerto hacía años (no sé cuántos, porque ya no nos importaba el tiempo). El oficio de enterrador se había olvidado por completo, así que tuvimos que improvisar. Paradójicamente, esta fue una de las etapas más alegres. Algunos (pocos, muchos, no importa) habíamos decidido volver a aprender. Estábamos felices redescubriendo algo, aunque ese algo fuese enterrar a nuestros muertos. Incluso cantábamos. Agarrábamos las palas y cantábamos. Cavábamos los pozos y cantábamos. Arrojábamos los cadáveres… y nunca dejábamos de cantar. Enterrar a los muertos nos mantenía vivos. 
Fuimos muy felices en esa etapa. Pero ya éramos demasiado viejos, y estábamos tan cansados…
Al último de los nuevos enterradores lo enterré yo mismo hace unos días. Entiendo que soy el único hombre que queda vivo. Soy el fin de la humanidad. 
Ahora estoy en este pozo que yo mismo cavé, dejando asentada esta declaración absurda que nadie leerá, esperando a que el viento tape mi cuerpo, cuando deje de escribir, 
la última


(publicado en el libro de cuentos
Ed. Artilugios, 2018)

Olas

El calor es asfixiante en el verano de Buenos Aires y uno espera al menos esa llovizna suave y casi seca que, aunque tiene sol de fondo, igual refresca. Porque es inevitable que la camisa se te pegue a la espalda empapada bajo el saco apretado y la corbata azul. Uno no entiende para qué usar corbata en verano. Cosa de la imagen, porque uno es la cara visible de la empresa: el responsable de las carpetas, de los paquetes y los pagos. Siempre tan apurado de aceleraciones acumuladas. Guardias, secretarias, pinchapapeles y gerentes, en el vertiginoso mar de hombres y mujeres que navegan por las calles del microcentro, que desparraman a ambos lados ráfagas de bancos, galerías comerciales, latas de propaganda en una mancha ilegible de colores, letras y teléfonos públicos, puestos de diarios, empleados de oficina y turistas que uno trata de esquivar y que lo esquivan o lo chocan a uno cuando vienen de frente. Y entre los miles de pasos te cantan unas piernas flacas que uno no entiende como pueden pararse sobre esos alfileres y sostener esas nalgas tan redondas y apetecibles. Pero todo se pierde en esta inundación indiscriminada de trajes y maletines que salen de los edificios públicos, de los bancos, de los subtes, de todas las puertas de todos los bares. Y los taquitos hacen clic o cloc o llamame, pero uno no puede escucharlos porque todas las melodías se diluyen en una maza de pasos, murmullos, gritos y motores y bocinas de los autos que te cruzan en las bocacalles, la semana pasada atropellaron a un viejito. Porque corren como sin chofer. Como sin ver a las personas. Apenas son iluminados por la luz de los semáforos: esos impostores de la ley del tránsito. Corren sólo por la imperiosa necesidad de llegar a horario. Taxis, colectivos, autos particulares: todos tocando sus bocinas al unísono, como una orquesta de sordos sin director. Y hacen chillar sus frenos al mismo tiempo, sus sirenas de ambulancia, sus alarmas estacionadas en el lado permitido de las calles. Y el humo de los motores se te pega a la nariz, al pelo, a la ropa, a los ojos, y uno empieza a ver todo gris, las calles grises, las paredes grises, los pelos y las caras grises; los relojes y las ilusiones grises.

Al fin, uno retira el paquete que fue a buscar y descubre que ya pasaron dos horas de su ausencia en la oficina. Tendrá que dar explicaciones sobre lo difícil que es caminar por la city, y las colas, y los papeleos, y que no me quedé pelotudeando por ahí, ni en ningún bar, necesito salir a almorzar para despejarme, porque uno sostiene la esperanza de aprovechar la ansiada y bendita y culpógena hora del almuerzo, para no pensar, para no preocuparse, para hacer lo que le plazca con su paupérrima y putísima vida.
Pero es justo a esa hora cuando el sol pega más fuerte y la cabeza nos hierve, la camisa se pega aún más y el reflejo en las baldosas claras de la peatonal hacen que todo se transforme en un gran horno de cemento que nos prepara lentamente para nuestro propio almuerzo. Y es mejor traerse la viandita e ir directo a la plaza: un sandwichito, una ensaladita, un yogurcito, hay que cuidar la figura para las vacaciones. Y es cosa de abrir un poco los escotes, arremangar las camisas, tirar la corbata a un costado y que se nos pegue un poco de sol en la piel para no pasar al otoño con ese color blanco de tubo fluorescente. Pero uno vuelve tan cansado a la noche, tan sin ganas de prepararse la viandita y no queda otra que subir a la ola de oficinistas hambrientos y rescatar un restaurante, un bar, algún lugar donde comer algo, aunque sea de parado. Entonces, la musiquita. Por qué creen que con esa musiquita de película shampoo, los llamados suenan más simpáticos. Si tenés ganas de llevar ese grillete ponelo en vibrador o elegí un tema musical menos fanfarria... o atendé. Que te quede bien claro: a mí no me interesa en lo absoluto enterarme de que sos un tipo reimportante que está resolviendo negocios reimportantes de empresas reimportantes, y todo justo al lado mío; justo cuando, en mis últimos tres minutos, trato de bajar la milanesa con un vaso de vino tinto que el sol en mi cabeza va a transformar en esa modorra pegajosa que no sé cómo voy a llevarme a la oficina porque ya tengo que volver, siempre hay que volver, del ruido al ruido, como olas, nunca se sale.

Accidental

Estaba tan furioso por los balazos que había recibido su hijo, que se fue presuroso a comprar un arma.
Él no quería matar a nadie. Pero entre los nervios, la ansiedad, y el odio que le causaba esta terrible injusticia, no registró en donde estacionaba su auto. Lo estacionó en el único lugar que encontró libre, sin mirar atrás, sin evaluar siquiera que era la entrada de emergencias de una clínica que justo en ese momento estaba recibiendo una ambulancia con un herido de bala.

Quién es el sujeto




Discutiendo sobre cosas muy trascendentes con mi amigo y colega don Sebastián Olaso, nos encontramos ante la siguiente paradoja:

Supongamos que: “La pelota rompió el jarrón” .

Desde un punto de vista puramente sintáctico, el sujeto de esta oración es: “La pelota”.

Sin embargo, una pelota es un objeto y por ello no podría (semánticamente hablando) haber llevado la acción de motu propio, es decir, sin la intervención de algún otro sujeto. La oración real, entonces, podría haberse leído:

“Alguien rompió el jarrón de un pelotazo.”

y la cosa hubiese sido más simple, porque ese “alguien” sí representa a un sujeto, aunque no sepamos con exactitud, a quién.

Pero el no saber “quién” es ese sujeto, según el criterio del derecho, nos ubica frente a un vacío legal: hay un damnificado, pero no hay determinación fáctica del culpable y esto podría demorar la exigencia de una sanción y/o indemnización punitoria o resarcitoria retroactiva, sin renuncia a otros derechos por parte del actor (que en este caso no sería el sujeto, sino el dueño del objeto del predicado).

Desde el punto de vista policial, el sujeto se dio a la fuga y se desconoce aún su paradero.

Teniendo en cuenta la visión de la sociología, la pelota es un sujeto social reflejo de las masas de trabajadores revelándose ante la explotación capitalista (representada claramente en el jarrón, que era antiguo, con bordes de oro e ideogramas de la dinastía Ming).

Desde un punto de vista arqueológico, la reconstrucción del jarrón podría ayudarnos a descubrir secretos ancestrales. Quizás el arqueólogo no se hubiese acercado a estudiar este jarrón si no hubiera recibido el impacto que generó su ruptura y entonces, el sujeto, deja de ser un anónimo pateador de pelotas, para convertirse en un heroico colaborador de la cultura.

Para la propietaria, todo esto ha sido de una gran pena, ya que el jarrón se lo había heredado la abuela y al sujeto más le valdría no aparecerse a reclamar la pelota.

Psicológicamente hablando, antes de determinar el “quién”, deberíamos indagar acerca de “qué” representa la pelota, qué nos significa o como nos resuena el jarrón, y qué implicancias tiene todo esto respecto de la ruptura y del anonimato del sujeto.

Desde la parapsicología, la pelota claramente fue poseída por el alma en pena de un sujeto que en vida odió al artesano que confeccionó el jarrón (o a su dueña actual o a cualquier otra persona; todo es posible: las almas en pena a veces se confunden).

Desde la física, difícilmente podamos hallar respuestas en cuanto a la existencia del sujeto, pero sí podríamos determinar cuan fuerte ha de haber sido el impacto para quebrar al jarrón en tantos pedazos, o qué hubiese ocurrido si por azar el jarrón no se hubiese interpuesto en la trayectoria directa de la pelota.
Pero el azar entra en el campo de la estadística o, incluso, de alguna corriente filosófica; es decir: ¿Existiría el sujeto si la pelota no hubiese impactado en el jarrón? ¿Se habría oído el estallido del jarrón si un sujeto no hubiese estado allí?

Desde un punto de vista metafísico, todos somos de alguna manera el sujeto que pateo la pelota, y el pesimista nos dirá que nada de esto importa, porque a la larga o a la corta, el jarrón se hubiese destruido igual.

Desde un saber religioso, ese “alguien” o este “todos”, es dios que nos ha puesto una prueba más en el camino.

Astrológicamente hablando, hoy, no fue un buen día para el jarrón.


(publicado en julio de 2008 en CRUZAGRAMAS)

Proinstituido

Proinstituido, por Andrea Yanni
amo el sexo
amo el sexo opuesto
amo el sexo apuesto

apuesto al sexo

y como he puesto al sexo opuesto de mal humor
ya no hay sexo
no hay amor
no hay apuestas

pero yo he apostado al sexo
y he perdido
lo perdí en un partido de black jack
lo grave
lo más terrible de todo
es que me han ofrecido revancha
doble o nada
mi sexo más otro sexo
unas tetas      qué se yo
suena tentador
porque yo amo el sexo
y apuesto el sexo

pero no quiero arriesgarme
porque lo único que me queda por apostar
es el amor

Deja vu

Cuánta calma que genera la mirada del fogón. Uno puede quedarse frente a la leña ardiente durante horas, intentando olvidar. Aunque es el fuego mismo el que convierte las brazas en figuras, y entonces resulta inevitable dibujar allí ese rostro. Un rostro que no puedo recordar y que a la vez me es imposible olvidar del todo. No pudo ser el entrerriano, ni la artesana de las piedritas, ni ninguno de quienes compartieron con nosotros alguna cena o un juego nada más. Jamás llevamos a un “extraño” a la bahía; para eso hicimos el pacto.
María señala el plato que hay en mi mano, tan lleno como cuando me lo sirvió: “Ya sé que no somos virtuosas cocineras”, me dice, “pero aparenta estar delicioso”; y con los ojos señala a los demás que mastican y se relamen como si no hubieran comido nada en días. Aunque, en realidad, el que no comió nada aún fui yo, “Hace cuánto que no comíamos carne”, agrega María, y yo estoy seguro de que anoche, aunque todo lo de anoche… No quiero responderle; para qué. Para que ella también me diga que me deje de molestar con esas cosas, que ya basta, que desde ayer…
Entonces Carlos propone ir otra vez, y la calma del fuego se me apaga. No puedo regresar a ese lugar. Sé que es sugestión, que es falso. Pero mi corazón está latiendo otra vez a mil por hora y el sudor frío empieza de nuevo a correr por mi cuello y no puedo hacer otra cosa que intentar volver al fuego.
Creo que Fernando fue el primero que lo propuso; quizá fue Carlos. Los dos estuvieron en este camping el año pasado. El camino del bosque no es una senda de ésas que llevan a un sitio especial, como un mirador o una cascada. Es un camino anónimo, abierto a punta de machete por quién sabe quién, que se entrega cauteloso sólo a quienes se atreven a desafiarlo. Bordea la costa sur del río y se pierde luego entre los matorrales. Detrás de un cañaveral, los chicos encontraron otro camino que se desvía por detrás del bosque y que llega a un claro en la bahía.
Nos sabíamos guiar por el reflejo de la luna en el agua. Hubiera sido extremadamente sencillo perderse si el río no estuviese allí: a la derecha, para ir; a la izquierda, para regresar al campamento. Llevábamos linternas, aunque, en general, las manteníamos apagadas. Excepto para cruzar un tramo difícil o peligroso como “el pantano”. Demasiado nombre para algo que era apenas un lodazal de agua estancada, lombrices y mosquitos. Pero para el gordo Joaquín era “el terrible pantano de la leyenda”, con sus arenas movedizas capaces de tragar a cualquiera… Era habitual contarnos fantasías de este tipo durante la caminata, para generar el clima, hasta llegar a la bahía y sentarnos en círculo a relatar una historia de misterio y terror.
Fernando había clavado en el centro de la bahía, lo que él llamó: “nuestro estandarte”. Una caña con un trapo blanco atado. Un trapo que alguna vez fue la remera de un desconocido, y que Fernando encontró tirada en el camino cuando regresábamos de la primera caminata… entonces el pacto tuvo que haber sido la noche siguiente. Cuando volvimos a la bahía, Fernando clavó una caña en el centro de la explanada, y nos dijo que a partir de ese momento éste sería nuestro lugar en el bosque. Nadie, fuera del grupo, podría entrar jamás en nuestro sitio. Y para eso debíamos sellar un pacto “de sangre”. Todos nos pinchamos un dedo con su cuchillo y dejamos caer una gotita en el blanco de la remera. Sólo una por cada uno y el lugar quedaría bajo la protección de los demonios. Luego recitó unas frases en latín mientras ataba el estandarte a la caña. Y nos invitó a que nos sentemos en ronda para contarnos la historia de esos demonios, que terminó con las chicas abrazadas a nosotros, y yo aproveché para acercarme a Johana. Después, Fernando, nos asustó como siempre durante el camino de regreso, porque las chicas pidieron volver “inmediatamente”, y Carlos señalaba cosas moviéndose entre los arbustos, o sonidos lejanos como un aullido, o un grito, y nos mostraba ojos rojos que nunca veíamos, y las chicas gritaban y nos abrazaban más fuerte, y todos jugábamos el mismo juego.
Pero ayer, luego de que Fernando había relatado la historia de una niña que reaparecía en las noches sin luna con su túnica blanca levitando las aguas… justo después de que Fernando relató esa historia y con dificultad pudimos cruzar el pantano, yo noté una ausencia. Nos conté. Éramos ocho. Sin embargo yo hubiera jurado que salimos nueve. Les grité a los demás para avisarles que habíamos perdido a uno. Carlos se acercó y nos señaló con su linterna, y dijo que no, que estábamos todos, que éramos ocho como fuimos siempre. Miré las caras: Carlos, Fernando, Johana, el Gordo, María, la Colo, Gloria, estábamos todos.
Retomamos el paso. María dijo que había logrado asustarla con mi juego. Tal vez todos creían que era un juego, porque Fernando se reía como aplaudiendo, y las chicas me decían que ya basta, y yo seguía buscándole un rostro, o un nombre… No podíamos dejarlo ahí, solo, en la oscura inmensidad del bosque.
Durante lo noche no pude dormir. Johana se fue a la carpa de las chicas diciendo que no me soportaba más. Que no quería escuchar más esa historia. Me quedé completamente solo y pensando en por qué era yo el único que parecía sentir esta ausencia, y a la vez, por qué no podía recordar más que eso.
Esta mañana, intenté volver a hablar del tema con Johana y ella me dijo que para la caminata de la noche estaba bien, pero que ya era más que suficiente. Su reacción es comprensible. Supongo que yo hubiese respondido igual si me dieran los buenos días con el mismo delirio con que me acosaron toda la noche. Me fui a caminar por la costa del río. Hacia el norte, por supuesto, porque ni loco me volvería a meter solo en el bosque. Aunque fuese de día. Ni solo, ni en grupo; jamás volveré a ese lugar. Sentado en la playa me convencí de que tal vez el exceso de sol, el frío, el dormir mal. Que debe ser un error en mi memoria. Como cuando vivimos algo que creemos que ya ocurrió. Como un dejá vù.

No sé realmente cuánto tiempo estuve dormido. Me despertó el frío del anochecer, y volví suponiendo que estarían preocupados por mi ausencia. Los chicos ya habían encendido el fogón. Las chicas preparaban la cena. Ninguno me preguntó dónde había estado todo el día. Tampoco me reprocharon el no haberles ayudado a buscar leña, ni a lavar los cubiertos, ni a preparar la comida. Incluso María me ofreció un plato con carne… y yo creo haber comido carne ayer, aunque no voy a insistir, porque mi memoria no está funcionando del todo bien… y Carlos vuelve a proponer la caminata, y me dicen que es sólo sugestión, que me quede tranquilo, que no tenga miedo. Es posible que estén en lo cierto. He dormido muy poco. Somos ocho, siempre fuimos ocho. Creo que hace mucho que no comemos carne.
Entonces uno vuelve a ser parte del equipo y devora como los demás su cena, deja el plato junto al de sus compañeros y camina con ellos hacia la costa, para bordear otra vez el río y llegar hasta el pantano, y cruzarlo, con las linternas encendidas y extremando precauciones, porque la noche está cada vez más oscura, la luna está menguando, hace un frío muy seco.
Al fin se abre ante nosotros la bahía: nuestro lugar en el bosque. Y nos sentamos alrededor del estandarte blanco con sus manchitas rojas. La remera de un desconocido con el pacto impreso. Esa especie de aquelarre sellado con nuestra sangre, con nuestras once gotitas. Y uno la mira flamear y de pronto siente no estar más ahí, todo gira muy revuelto, como velado, y una voz le resuena en la cabeza, una voz que no es nueva, pero que le es imposible asignar a un conocido, la voz de alguien que intenta mostrar la incongruencia en el estandarte. Entonces la imagen, no de su cara, sino de un gesto en su cara, de un gesto como de pánico, como de no comprender por qué ninguno se da cuenta, que suplica para no volver y que insiste con que falta uno, que once gotitas, que otra vez carne, que esto ya ocurrió.

…y así regresan de contarse historias de miedo, desde lo que ellos llaman su lugar en el bosque. Historias de espectros, de monstruos, de gente que desaparece en un bosque como éste. Y luego de cruzar el pantano, con algo de dificultad, porque la noche está muy oscura, un tal Joaquín, intranquilo, les pide esperar:
—Creo que falta uno— reclama, y Carlos los cuenta en voz alta señalando a cada uno con su linterna.
—Quedate tranquilo, gordo, estamos los siete. Siempre fuimos siete.

Quien sostiene la lámpara

El genio sabe que Aladino va a frotar la lámpara. Lo sabe, porque es genio. Y porque es genio, sabe también cuáles son los tres deseos que Aladino va a pedir. Es más: no son deseos de Aladino; son los deseos del genio y él se los transmitió a Aladino para que los pida. El genio materializó a un muchacho llamado Aladino para satisfacer sus propios deseos. Hace lo que quiere y lo hace cómo quiere, porque para eso es el genio. El genio es un hijo de puta. Y vos… me hacés creer que soy yo el que maneja la relación.

Poiéticamente incorrecto

(o algo así como 25 x 3)

Un cepillo demora el lío de la importación de inteligencias, simplemente porque está personalizando la aplicación de barreras entre profesores y ruidos. Un hombre florido, después de todo, quiere el pestillo de una rectitud que trata de marchar hacia un tablón nuevo, ahora en el rincón. 

La amabilidad lo deja sano y feliz porque siempre los monos vuelven a cenar cuando fuman en trajes de noticia y ven indistintamente decididos los manuscritos de la santidad. Así entienden la reserva del momento de las estrellas. Sus camisas comentan y se les coagulan las puertas. 

Revueltos los telones, tapan a los pobres tomados que se sueltan y abrazan sus narices. Así alzan la imagen de la maldad, causa de hijos y padres, frutos que se forman para servir frente a la compañía incontrastable de los muertos purificados que serán cuerpos de reyes.

Rumiantes

Tiene la bronca contenida en la boca. Como no quiere decir, la mastica, la muerde. Y lo hace con tanta fuerza que se le pulverizan las muelas. Y cuando no le queda ninguna apoya la mordida en los dientes de adelante y se le quiebran también. Y la mandíbula se le hace polvo, y la cabeza, así sin nada que la sostenga, cae para delante y se le queda colgada apenas por la nuca. Entonces, para equilibrar, pero también por la bronca, hace tanta fuerza con las manos que arranca de cuajo los brazos a la silla. El respaldo se despega del asiento, las patas se hacen astillas, y él se cae tan de culo que rompe el piso de su habitación. La grieta se prolonga por toda la casa y por toda la cuadra y a lo largo de la calle, de punta a punta, dobla por la avenida, cruza la ciudad, el país completo y los países vecinos y
así el mundo entero quedó partido en dos:

de un lado, estamos todos los embroncados                del otro lado, no sé nada.

Contámelo vos.

El arte de la guerra

A Vane G, la maga, que me enseña algunas de estas cosas casi sin querer.

Estrategia 1
Enfrentar al oponente. Poner firmes los puños. Pegar más fuerte.

Estrategia 2
Conseguir un arma. Apuntar a la cabeza.

Estrategia 3
Dejar que el oponente te pegue.

Complemento de la estrategia 3
Una vez que se canse, levantarse y partirle la cara.

Estrategia 4
Eliminar al oponente antes de que se sepa que será tu oponente.

Estrategia 5
Hablar con el oponente. Dialogar. Intentar el acuerdo.

Enmienda a la estrategia 5
La estrategia 5 no existe.

Estrategia 34
Reconocer las siguientes verdades:

Verdad 1
Los oponentes se atraen.

Estrategia 35 teniendo en cuenta la verdad 1 de la estrategia 4
Atraer al oponente.

Verdad 2
Visto desde un lado de la línea, el del otro lado es siempre el oponente.

Verdad 3
Los iguales se rechazan.

Estrategia 36 teniendo en cuenta tantas cosas
Igualarte al oponente.

Variante a la Estrategia 36
Desigualarte al oponente.

Verdad 4
Los onanistas no tienen oponentes.

Verdad 5
Si no tenés oponentes algo te falta.

Verdad 6
Si no sos oponente de nadie, algo le falta a alguien.

Mentira verdadera
Ser oponente es una virtud.


Estrategia 90
No hacer nada. Hacer implica riesgos
y oponentes.

Estrategia 99
Reconocer que el oponente no existe.

Anexo a la estrategia 99
Asumir que vos sos un oponente.


Anexo al anexo de la estrategia 99
Incluso asumir que vos sos TU propio oponente.


Verdades asociadas a la estrategia 99 y sus anexos:

Verdad 1
Amigarse con tu oponente es estrategia.

Verdad 2
Amigarse con vos es paz.

Superioridades

no se trata de que las mayorías respeten a las minorías
se trata de comprender que sólo somos un enorme conjunto de minorías

Ruleta

Un día, Eric Von Rinkerlanger supo que podía perderlo todo. Después de tantos años de ser un tipo con suerte. Después de haber sido el mejor de su clase. De haber ganado todos los juegos en los que participaba. Y de haber sido tan exitoso con las chicas y de haber obtenido su título de ingeniero en tiempo record. Después de haber conseguido tan rápidamente ese puesto en una empresa constructora. Empresa, que al poco tiempo de contratarlo quintuplicó su capital. Y él, Eric Von Rinkerlanger obtuvo una clarísima mejora en sus ingresos que derivaron en su primer auto y su primer departamento de soltero.
Así, antes de cumplir los treinta, Eric Von Rinkerlanger, tenía todo lo que un muchacho de su edad podría desear. Sólo le faltaba conocer a una mujer de quien enamorarse. Y la conoció. Era una mujer muy hermosa, dulce e inteligente. Se casaron. Y como él seguía creciendo en la empresa, pudo vender el departamento y comprar una casa más grande para cuando vinieran los hijos. Luego cambiaron el auto y se compraron una casa de veraneo cerca del mar.
Fue ahí, en la casa de la playa, donde Eric Von Rinkerlanger sintió por primera vez que no estaba completo. Era una sensación muy profunda. Al principio pensó que se trataba de una falta material, así que se propuso hacer un inventario de las cosas que tenía y de las que deseaba tener. Y sacó tres conclusiones: a) que tenía casi todo lo deseaba; b) que lo que le podría estar faltando no le sería difícil de conseguir; y c) que a pesar de eso, su angustia de estar incompleto persistía. Pensó que podría ser algo afectivo, pero en ese campo también lo había logrado todo. Y no había problemas de salud ni nada raro. Entonces, luego de consultar con varios especialistas sin encontrar más que felicitaciones por sus éxitos, comprendió: él, Eric Von Rinkerlanger, el hijo pródigo, el marido ejemplar, el empresario exitoso, jamás, en sus casi cuarenta años, había tenido un fracaso. Eric Von Rinkerlanger, no conocía el sabor de la derrota. No sabía que cosa era perder. Y por eso no estaba completo, y no lo estaría hasta no perder algo al menos una vez. Había comprendido también que, como para equilibrar esa vida tan plagada de éxitos, tenía que lograr un fracaso fenomenal. No era cuestión de subir a un colectivo y dejar que le roben la billetera. Necesitaba sentir que podría perderlo todo. Y eso hizo.
El 14 de marzo de ese mismo año, consiguió la dirección de un casino clandestino en donde se podía apostar sin límites. Puso en juego la mitad de su cuenta bancaria, el auto y la casa de la ciudad. Apostó todo al número veintiséis.
Fue en ese instante, mientras giraba la pelotita en la ruleta, cuando Eric descubrió otra terrible verdad: fuera cual fuere el resultado, se volvería a demostrar que él era un tipo exitoso. Porque incluso si la pelotita se detenía en cualquier otro de los treinta y cinco números restantes, lograría su objetivo de perder. Pero entonces sonrió, porque por primera vez había logrado confundir al destino; porque ese éxito sería a la vez el fracaso de la búsqueda del fracaso, y no le dio demasiadas vueltas más al asunto, porque la ruleta había dejado de girar.

Nadie sabe si la pelotita se detuvo en el número veintiséis. Lo único que se supo es que Eric, esa misma semana, se mudo a la casa de la playa, en donde vive con su esposa, sus hijos, un perrito y dos gatos. Si lo pasan a visitar, aún se lo puede ver cosechando su huerta. Dicen que le da las verduras más grandes de la zona.

Queremos tanto tanto a Julio



de arriba abajo o bien de abajo arriba
este camino lleva hacia sí mismo
simulacro de cima ante el abismo
árbol que se levanta o se derriba

quien en la alterna imagen lo conciba
será el poeta de este paroxismo
en un amanecer de cataclismo
náufrago que a la arena al fin arriba

vanamente eludiendo su reflejo
antagonista de la simetría
para llegar hasta el dorado gajo

visionario amarrándose a un espejo
obstinado hacedor de la poesía
de abajo arriba o bien de arriba abajo

Zipper sonet
de "Un tal Lucas"
Julio Cortazar

Pandemia

Comienza como una pequeña protuberancia en la piel. Tiene preferencia por los brazos y las piernas aunque puede aparecer también en el pecho o las axilas. Madura en forma de burbuja. Al explotar queda visible una pequeña perla roja. Se la debe extraer con mucho cuidado intentando no contaminarla con los dedos. Si se la coloca en una maceta, es preferible que sea con arena. Al tiempo aparecerá un brotecito. No es bueno regarla mucho; se alimenta del sudor concentrado en el ambiente.
Con un cuidado aceptable, el brote crecerá como una hermosísima planta de tallo aterciopelado y hojas largas en forma de ramillete. El sol ayudará a que en el centro del ramillete se forme una flor, cuyo color recuerda a la perla, pero también a la llaga. No pasará mucho tiempo hasta que la flor se seque y pierda sus pétalos. Hay quienes los usan como infusión. Pero no es ese el uso primario de esta especie. Tampoco se comen los frutos, a pesar de su olor mentolado con dejos de frutilla y aguardiente; a pesar de su textura de nuez y su consistencia gelatinosa como la de un ojo. Lo que se comen son las raíces. Y no el tubérculo blanquecino que se sumerge en la arena. Los pelos de la raíz es lo que se come y se recomienda peinarlos con un peine fino previamente. Luego hay que extraerlos de cuajo para lo cual se puede usar una pinza de depilar o un cuchillo bien afilado.
Se sirven en un plato playo, y se aderezan a gusto. Se los puede acompañar con vino dulce y una salsa de frutas de estación.

El paciente estará debidamente contaminado luego de una semana de ingestiones. Esta quinta etapa del proceso evolutivo es una de las más contagiosas. Se propaga a través de la saliva, las sillas y las antenas de radio. La etapa siguiente se desarrolla en la nariz o en el ombligo (indistintamente). Y luego hay otra etapa que se esparce por las junturas de los azulejos.

No se conocen aún la cantidad exacta de mutaciones, ni el origen, ni los efectos colaterales.

Velorios


No todos los geranios son suaves al gusto: algunos además piensan en la muerte, o incluso en ir al mar o enamorarse. Algunos geranios son crueles; otros, lagrimean. Pero las lágrimas de los geranios poco pueden creer en un Dios que no conocen, o en las rosas de la china o en la china misma.
Las lágrimas de los geranios ni siquiera son capaces de creer en los geranios; y esto un poco es porque son ateas, y otro poco, porque los geranios no lloran.

ToDo

Esta semana voy a comprar una campera y un par nuevo de zapatillas porque estas ya me duelen los pies. Y voy a comer más verduras, eliminar los hidratos y los dulces, anotarme en el gimnasio, ir al gimnasio, ordenar mis horarios, arreglar el reloj, lustrar los zapatos, renunciar al trabajo, buscar un trabajo nuevo, aflojarme la corbata, ajustarme los cordones, salir a correr, cinco vueltas alrededor del parque, regar las plantas, acostarme antes de media noche, y llevarme a la cama a Cortazar, a Girondo o a algún/a poeta desconocido/a que se me impregne en la piel, y voy a despertarme temprano y a desayunar con yogurt, voy a escribir al menos un cuento, cuatro poemas, dos capítulos más de mi novela, vender la casa, buscar una casa nueva, plantar un árbol, encontrar novia, llamarte para que lo sepas, visitar a Edgard, avisarle a Juan, ir al dentista porque me duele una muela, pedir turno con la nutricionista, pedir turno con el gastroenterólogo, pedir turno con el clínico por las dudas, hacer las compras del mes, llenar la heladera, lavar la ropa, limpiar los vidrios, el horno, barrer debajo de la cama, cambiar todos los cueritos que gotean, arreglar el calefón, arreglar un horario con el plomero para que arregle el calefón, ver una obra de teatro excelentísima con vos, cenar con vos, organizar las vacaciones con o sin vos, viajar a todos los lugares que pueda, tomar los cursos y talleres que pueda, visitar los museos que pueda, y anotar todo esto en una lista, bien detallada y en orden, leer la lista, mirarla fijo para que no me queden dudas, entonces, una vez que la haya revisado minuciosamente, podré romperla en pedacitos, bien chiquitos, triturados casi polvo, y saldré al balcón y dejaré que se los lleve el viento, para seguir siendo el que soy, hasta la semana que viene.

Cosas de mujeres

La chica acaba de discutir conmigo y se ha trasladado a tomar un café, sola, en otra de las salas del local.

Estábamos en un bar hablando tranquilos y no sé que dije, para que ella se levante intempestivamente y sin dar ninguna explicación se vaya.
Ella ya estaba en el bar cuando yo llegué. Fue apenas unos minutos después. Tal vez más. No sé cuándo llegó ella. No se lo pregunté. Tal vez fue eso lo que le molestó. Y por eso se levantó sin siquiera resoplar o golpear con las palmas abiertas la mesa. Caminó como una gacela hacia la otra sala. Es extraño que sea una puerta tan pequeña la que divida las dos salas. Una puerta como de habitación. Es que probablemente este bar haya sido un viejo caserón de principios del siglo veinte, y los nuevos propietarios prefirieron no deformar su arquitectura. Pero no es posible que ella se haya enojado por mi llegada tarde. No habíamos prefijado un horario. Yo llegué a la hora correcta. Ella llegó a la hora correcta. Nos encontramos a la hora correcta. Tal vez no. Tal vez el problema fue que no hayamos coincidido en nuestras horas correctas. Tal vez lo correcto no sea lo deseado. O quizá ella se fue por otro motivo. Por algo que dije. Pero yo sólo le dije hola, cómo estás. Halagué su vestido. Le pregunté cosas banales. Las cosas que uno pregunta en estos casos como para generar un tema de conversación, qué sé yo, el clima, el trabajo, el estudio. Tal vez fue eso lo que le molestó: ella no parece ser una chica banal (o no estudia ni trabaja ni le interesa en lo absoluto el clima, o le molesta la lluvia y no trajo paraguas, pero de todas maneras no está lloviendo ahora) y por eso no hizo ruido al levantarse y caminó como una serpiente hacia la puerta hacia el otro salón. Y por eso entró. Y por eso se sentó y pidió un café. Fue porque no tenía motivos para quedarse. Y esto es lo más jodido: no tener motivos. En cambio si yo me hubiese dejado ser yo... Si me hubiese quedado en silencio, tal vez. Si hubiese generado el vacío suficiente como para que ella comenzase a hablar. Porque también es cierto eso: ella no dijo nada. Nunca. Ni siquiera recuerdo si respondió mi hola. Cómo hace uno para saber si la conversación está yendo por buen rumbo si no hay un interlocutor. Ella no habló pero tampoco hizo nada como para intervenir. Nada para mostrar su incomodidad. Ni siquiera dijo nada cuando se levantó y caminó como una mujer hacia la puerta hacia el otro salón hacia su mesa. Y se sentó tan líquida. Tan segura de si misma. Y ni siquiera abrió la boca para pedir su café. Ni lo hizo cuando de alguna manera le indicó a ese otro hombre que se acercase a su mesa. Que se siente junto a ella. Tan cerca.

Pero él es un tonto. Él no sabe que a ella le molestan estas cosas. Él tendría que haber actuado de otra manera: tendría que haber dicho algo. Porque así en silencio, ella mira su reloj (primera señal), y luego bosteza (segunda señal) y ese es el momento de decir algo, cualquier cosa, el clima, el trabajo porque sino ella va mirar por segunda vez su reloj, va a dejar la tacita sobre la mesa como lo está haciendo ahora, y sin siquiera hacer el gesto de pedir la cuenta, se va a levantar sigilosamente y caminará como una cucaracha hacia la puerta.
Es muy extraño que esa puerta sea como la de una habitación, se pregunta él. Y es macabro que esta casa haya tenido tantas habitaciones.

Mutar (algunas definiciones)

Mutar: Cambiar. Trasladarse de un lugar a otro. Con o sin carga. O llevar sólo la carga y dejar tu cuerpo en cualquier lado. O dejar la carga y moverse libre y desnudo por un cerro verde con arroyo y todo.

Mutar: Moverse en círculos alrededor de un punto. Hacer un giro de trescientos sesenta y cinco grados y llegar al mismo lugar pero un tiempo más tarde.

Mutar: Desnudarse y vestirse de nuevo.
Renovarse y vestirse de nuevo.

Mutar: Pasar del estado larva al estado mariposa.
Transformarse en algo que uno no es. O en algo que uno era pero aún no lo sabía.
Hacer alquimia con un beso.

Mutar: Hablar entre dientes. Murmurar.
Apagar una voz.
Quedarse mudo.

Desborde

estoy lleno
con el líquido encefálico y testicular en el borde
y cuando parece que la marea está bajando
me salpica una nueva gota
una sola es suficiente
para que el vaso rebalse

pero yo soy como una mamushka de vasos

como un dedal dentro de una taza de café dentro de un vaso dentro de una olla de esas chiquitas para preparar el arroz dentro de una olla más grande dentro de un balde de lavar la ropa dentro de la bañera dentro de una casa completamente inundada que descarga en la rejilla en las cloacas en un arroyo entubado que transborda todos tus desperdicios y los míos y los de ella o los de él hacia un río más grande que se embalsa en un dique con dos turbinas enormes que generen la energía suficiente como para encender
una lamparita
así puedo escribir esto
y sentarme a esperar a que me llames